sábado, 23 de mayo de 2026

Pensamientos de Marco Aurelio

Aprendí de mi abuelo Vero: su bondad y no enojarme con facilidad.

De la reputación y memoria dejada por mi padre: su pudor y carácter varonil.

De mi madre: su sentido religioso, su inclinación a dar cuanto tenía y abstenerse de cualquier acto de maldad, así como su vida sencilla, lejos de toda clase de lujos y vanidades.

De mi bisabuelo: no haber frecuentado las escuelas públicas; pero no haber desdeñado la presencia en su casa de los mejores maestros y haberlos remunerado como se merecían, sin reparar en gastos.

De mi preceptor: no tomar partido en quejas públicas; la resistencia y frugalidad; el cuidado de no encomendar a otro el trabajo propio, de no empezar cien asuntos a la vez y de no prestar oídos a los chismosos.

De Diógenes: la aversión a las futilidades; la incredulidad a las patrañas y mentiras sobre la manera de preservarse de los demonios y otras necedades parecidas; el no aficionarse a la crianza de codornices augurales ni otras manías semejantes; el soportar las opiniones de los demás cuando eran sinceras; el haberme familiarizado con la filosofía teniendo por maestros primero a Baquio y luego a Tandasio y a Marciano; el aprender a dialogar desde muy niño; el haberme habituado a cama humilde cubierta de piel y, en fin, a cuantas prácticas y disciplinas son propias de un verdadero filósofo griego.

jueves, 21 de mayo de 2026

E L ANTÍDOTO PARA LA ALEJACIÓN ESPIRITUAL - Jeff Foster

“Sí.

Estoy temblando.
Estoy sudando.
Tengo la boca seca.
Me siento terriblemente incómodo.

¿Y qué?
Sigo aquí.
Sigo de pie.
Sigo hablando.
Sigo bailando.
Sigo ocupando espacio.
Sigo plenamente presente.

Esto es valentía.
No debilidad.

Ah, ¿lo llamas debilidad?
Déjame preguntarte:

¿Detrás de qué máscara te escondes?
¿De qué huyes para no sentirte tan vivo como yo ahora mismo?

Quizás no sea yo quien te incomoda.
Quizás sea lo que mi crudeza despierta en ti.
Quizás sea tu propia vulnerabilidad lo que no soportas enfrentar.
Quizás simplemente has olvidado cómo ser así de humano.

Puedo enseñarte algo, amigo:

Cómo dejar de fingi
r.”

martes, 19 de mayo de 2026

Quienes pueden convivir con una profunda contradicción. - Jeff Foster


Quienes pueden sentir el dolor y no huir de él, quienes pueden dejar que el fuego y la ternura vivan en su interior, son quienes se mantienen humanos.

La compasión nace de la disposición a aceptar la paradoja.
La crueldad nace de la negativa a sentir.

viernes, 15 de mayo de 2026

EL PODER SANADOR DE LA VERGÜENZA. - Jeff Foster

Amigo, es hora de volver
a tu sagrada incomodidad.
A las mejillas sonrojadas y las palabras vacilantes.
A los chistes que no funcionan del todo.
A intentarlo y no acertar.
A tropezar con tus diálogos,
a trabarte con tus frases,
a sentir el calor y el temblor crecer,
a ser un desastre y sobrevivir a todo.
Porque sigues siendo tan adorable,
incluso en tus momentos más embarazosos.
Vuelve a tu humanidad.
A esta maravillosa y desordenada libertad
que eres.
La vergüenza no es un fracaso.
Es una señal de que estás vivo.
Significa que estás apareciendo,
dejándote ver, 
 
a encontrar tu lado más vulnerable.
 
Y cada vez que te ven,
y eres valiente en la luz,
y no mueres, y no huyes,
tu sistema nervioso aprende:
"Ahora estamos a salvo.
Somos desordenados,
somos imperfectos,
pero estamos condenadamente a salvo".
Así es como ocurre la sanación:
no a través del pensamiento,
no a través de respuestas espirituales perfectas
y viejas y rancias fórmulas para vivir,
sino a través de un profundo permiso somático.
Tu torpeza creativa y divina
te sanará
desde lo más profundo.
De verdad que sí.

¡Qué maravillosamente vergonzoso!

miércoles, 13 de mayo de 2026

AL OTRO LADO DE LA LYME. Jeff Foster

La enfermedad de Lyme fue un infierno particular: implacable, desorientadora y, a veces, aterradora. Pero algo inesperado ocurrió durante el incendio. No solo me recuperé, sino que me abrí a la vida de una forma inesperada.
Esa ruptura dio origen a algo completamente nuevo. Mi sistema nervioso no solo se volvió más sensible y tranquilo, sino que se fortaleció. Se expandió, creció, descansó y se abrió. Ahora siento más que nunca: dolor, duda, rabia, asombro, alegría y tanta maravilla. Todo me recorre como un temporal, vívido e indomable. Y ya no me aparto. He llegado a comprender, con mayor profundidad que nunca, que ese sentimiento no es algo a lo que temer; es la fuerza misma que nos da vida. Contiene un poder sanador asombroso.
Ahora hay una quietud en mi interior, una presencia arraigada que impregna cada instante. Me he vuelto a enamorar de la vida. Puedo afrontarlo con mayor plenitud: con los brazos abiertos, menos resistencia, más honestidad.
Quiero ser clara: no estoy idealizando la enfermedad. No hay nada poético en sufrir cuando estás en medio de ella. Hubo momentos de desesperación pura, de ser absorbida por la desesperanza. Días en los que no veía salida. En mi estado vulnerable, fui diagnosticada erróneamente, ignorada, incrédula, incluso manipulada muchas veces, como les he contado. Todo me llevó al límite de lo que podía tolerar como organismo.
Y, sin embargo, entre los escombros, finalmente descubrí algo inesperado: un poder extraordinario. La enfermedad me desgarró, sí, pero también creó espacio. Espacio para más vida, más fuego, más verdad. Espacio para la ternura, la humildad y la crudeza y exquisitez del ser humano.
Por eso, estoy profundamente agradecida.
Ahora puedo estar más presente para nuestra hermosa hija. Puedo honrar sus emociones: su alegría, su tristeza, su ira, su miedo y su asombro. Puedo reflejarle la santidad de su sensibilidad y recordarle, a veces sin decir una palabra, cuánta vida puede albergar. Puedo ser un espejo firme a medida que crece.
También puedo estar más presente con mi amada pareja. Puedo escuchar con mayor profundidad. Puedo dar con mayor libertad. Puedo recibir con mayor franqueza. Puedo entregarme más completamente al milagro de la intimidad y a la valentía que requiere amar y ser amado plenamente a cambio.
La enfermedad de Lyme fue un infierno. No lo niego. Pero a través de las grietas, emergió algo excepcional y precioso: no solo sanación física, sino una capacidad más profunda para vivir. Para amar. Para abrirme, sin límites. Para experimentar la maravilla de la creación.
A quienes me acompañaron y me apoyaron en esos días difíciles, les estaré eternamente agradecido. De verdad, fueron parte de la medicina.
A la garrapata que me picó: eras inocente, tenías hambre y solo intentabas sobrevivir. Y me has dado más de lo que jamás sabrás.

Gracias, vida.

jueves, 7 de mayo de 2026

SI TE SIENTES INVISIBLE… - Jeff Foster

Sentirse invisible, ignorado o incomprendido puede ser una de las experiencias humanas más dolorosas. Como un niño que llora a su madre y es ignorado o ridiculizado. Puede sentirse como… morir.


Una sensación crónica de "no sentirse escuchado" en lo profundo de tu ser puede reflejar años de silenciar tu propia voz, reprimir e ignorar tus propias necesidades, quedarte pequeño y adaptarte a los sentimientos y expectativas de los demás. Guardar silencio para protegerte.

Muchos aprendimos a ocultar nuestro verdadero yo como estrategia de supervivencia en la infancia, una forma de evitar conflictos o rechazos. En esencia, creamos un falso yo para sobrevivir. Este tipo de autoabandono, conocido como "adulación", da seguridad a corto plazo, pero con el tiempo erosiona la conexión con tu yo auténtico y genera rabia, resentimiento y, en última instancia, depresión.

Cuando reprimes tus verdaderos sentimientos —decir "sí" cuando en realidad quieres decir "no", callar cuando lo más profundo de tu corazón anhela hablar— no solo sufre tu espíritu. La neurociencia sugiere que reprimir las emociones, especialmente la ira, activa respuestas de estrés en el cuerpo, y el estrés crónico puede provocar o exacerbar todo tipo de problemas físicos como fatiga, trastornos autoinmunes y digestivos, e incluso enfermedades cardíacas.

El cuerpo soporta el peso de las verdades no dichas.

Pero la ira sana —la que surge cuando defiendes tus necesidades y límites, y los de tus seres queridos— no es algo que temer. Es tu verdad interior más profunda que cobra vida. Cuando dices "no" con claridad, fuerza y ​​amor, o cuando dices "sí" con compasión y convicción, honras las partes de ti que han estado sepultadas. Honras tus sentimientos e intuición más profundos, en lugar de reprimirlos o fingir que tu perspectiva no importa.

Este tipo de ira es saludable y una forma muy profunda de autocuidado. Ya no estás en guerra contigo mismo. Dejas que la verdad fluya a través de ti, no como un arma, sino como una brújula y una guía. No hay violencia en este tipo de ira. No hay división.

Alzar la voz no se trata solo de ser escuchado. Se trata de escucharte a TI MISMO, quizás por primera vez en tu vida. Se trata de vivir en sintonía con lo que es real para TI: ya no reprimir tus emociones para complacer a los demás, ya no esconderte tras una máscara de falsa "amabilidad" y ya no temer que tu verdad sea demasiado.

Cuando abrazas tu yo auténtico de esta manera, sanas la división interior. Te liberas de la terrible carga de la represión.

No tienes que gritar para que te vean; solo necesitas mantenerte firme en tu realidad, sin disculparte.

Y cuando lo hagas, descubrirás que incluso si los demás no te ven, escuchan ni comprenden, tú sí te ves, escuchas y comprendes.

Y desde ahí, te será más fácil alejarte de quienes no te escuchan y unirte a quienes sí.

Cuando alzas la voz, descubres quiénes son tus verdaderos amigos y aliados.

La sensación de ser crónicamente invisible e ignorado puede simplemente disminuir cuando encuentras este tipo de validación y apoyo.

Incluso si nadie más te escucha, excepto tú. (Y la Tierra, todos los planetas y estrellas, y todo el Universo).

martes, 5 de mayo de 2026

UN DIOS INCOMPLETO. - Jeff Foster

En la imagen pulida. 

En la persona iluminada que tanto te has esforzado por mantener.

Dios no te espera al final de tu camino de sanación,
al final de un arcoíris, un libro sagrado o una caja de vino.
Dios no espera el día en que finalmente "lo hagas bien" o "lo resuelvas todo".
Dios está aquí. Ahora.
En el fracaso. En el caos.
En el momento en que tu voz se eleva... y algo en tu interior se suaviza... y dices: "Lo siento".
En la tostada quemada.
En los juguetes esparcidos por la sala.
En el vómito de gato en la alfombra.
En el sagrado caos de una mañana cualquiera.
En el suspiro, la larga exhalación.
En la sagrada decisión de seguir adelante.
Dios está en el temblor cuando pides ayuda. En tu disposición a presentarte: agrietado, cansado, incompleto, imperfecto, real.
No necesitas ser el mejor.
Ni siquiera necesitas estar "curado".
Solo necesitas estar presente.
Honesto. Humano. Aquí.
No seas el sabio iluminado.
La consciencia pura.
El no-yo desapegado.
El gurú sabio.
Sé el que olvida y recuerda.
Sé el que tiembla y tropieza, y aún ama.
Sé el que no sabe.
Aquí mismo, es donde Dios vive.
No en una idea distante de cómo deberían ser las cosas,
sino en la constante y dolorosa belleza de lo que es.
En el amor que sigue apareciendo, fallando, levantándose, intentándolo de nuevo.
Una y otra vez.
Y otra vez.