De la reputación y memoria dejada por mi padre: su pudor y
carácter varonil.
De mi madre: su sentido religioso, su inclinación a dar
cuanto tenía y abstenerse de cualquier acto de maldad, así como su vida
sencilla, lejos de toda clase de lujos y vanidades.
De mi bisabuelo: no haber frecuentado las escuelas públicas;
pero no haber desdeñado la presencia en su casa de los mejores maestros y
haberlos remunerado como se merecían, sin reparar en gastos.
De mi preceptor: no tomar partido en quejas públicas; la
resistencia y frugalidad; el cuidado de no encomendar a otro el trabajo propio,
de no empezar cien asuntos a la vez y de no prestar oídos a los chismosos.
De Diógenes: la aversión a las futilidades; la incredulidad
a las patrañas y mentiras sobre la manera de preservarse de los demonios y
otras necedades parecidas; el no aficionarse a la crianza de codornices
augurales ni otras manías semejantes; el soportar las opiniones de los demás
cuando eran sinceras; el haberme familiarizado con la filosofía teniendo por
maestros primero a Baquio y luego a Tandasio y a Marciano; el aprender a
dialogar desde muy niño; el haberme habituado a cama humilde cubierta de piel
y, en fin, a cuantas prácticas y disciplinas son propias de un verdadero
filósofo griego.






