De Frontón: haber observado a qué grado de envidia, de
disimulo y duplicidad llegaron los tiranos, y cómo, casi siempre, esas gentes
que llamamos los «patricios» son incapaces de verdadero afecto para los demás.
De Alejandro el platónico: a no alegar con demasiada
frecuencia ni sin necesidad, bien de palabra, bien por escrito, exceso de
ocupaciones; a no eludir con demasiada persistencia los deberes que imponen las
relaciones sociales pretextando estar abrumado por los trabajos.
De Cátulo: a no despreciar las quejas de los amigos ni aun
siendo infundadas; por el contrario, a tratar de sacarles de su error y de
afirmar nuevamente las relaciones cordiales; a no decir sino bien de quienes
nos enseñan, como hacían Domicio y Atenodoro, que siempre que hablaban de sus
maestros lo hacían con el mayor respeto. bueno; el haber conocido gracias a él
a Tresa, Helvidio, Catón, Dión y Bruto; de haber adquirido también por él una
noción clara de lo que es un Estado democrático, de un gobierno fundado sobre
la igualdad y el común derecho de todos a exponer sus ideas; de un imperio en
que sobre todas las cosas se respete la libertad de sus ciudadanos. De él aprendí
también a rendir culto constante y sin desfallecimiento a la filosofía; la beneficencia
y la libertad llevada al más alto grado; así como a no desconfiar del afecto que
nos profesan los verdaderos amigos. Acostumbraba también a reprender a quienes tenía
que hacerlo o a censurar a aquellos que a su juicio lo merecían con la mayor claridad
y franqueza; de tal modo era sincero que jamás tenían sus amigos que perderse en
conjeturas sobre lo que pensaba y sobre lo que quería, que una y otra cosa eran
en todo momento en él cosa evidente.
De Máximo: el dominio de sí mismo y el no dejarse arrastrar
por ninguna clase de impulsos, fueran cuales fuesen; el valor en todas las
circunstancias, muy especialmente en el curso de las enfermedades; aquella
dulce mezcla de dulzura y nobleza que daban tan grato sello a su carácter;
aquel su ánimo generoso que le hacía cumplir sin esfuerzo cuantos trabajos se
le deparaban; la confianza que sabía inspirar de que su pensamiento y su
palabra eran una sola y única cosa y de que cuanto hacía era movido por la
buena intención; el no asustarse ni asombrarse jamás; la falta de precipitación,
de lentitud, de abatimiento, de temor, de cólera y de desconfianza; el prodigar
el bien, la facilidad en el perdonar, la lealtad; el dar la idea siempre de un hombre
justo y sincero, sin doblez; en fin, aquella su manera de ser que evidenciaba
que a nadie miraba con menosprecio ni superioridad.






