De los dioses: haber tenido buenos abuelos, un buen padre y
una buena madre, una buena hermana, buenos maestros y familiares y parientes, y
amigos casi todos buenos, asimismo; el no haber llegado a faltarlos, lo que,
dado mi carácter, hubiera podido muy bien ocurrir en uno de esos arrebatos que
las ocasiones ofrecen algunas veces; luego es un gran favor que los dioses me
han otorgado el que las circunstancias no hayan motivado, para confundirme,
algo de lo que luego hubiera tenido que arrepentirme.
No menos les debo: el no haber sido educado demasiado tiempo
en casa de la concubina de mi abuelo; el haber conservado la inocencia hasta
bien entrada la juventud; el no haber hecho prematuramente ningún acto de
virilidad; más aún, el que transcurriese mucho tiempo antes de iniciarme; el
haber sido subordinado a un príncipe, mi padre, que debía con sus sanos
ejemplos y consejos evitarme toda vanidad y ayudarme a comprender que se puede
vivir perfectamente en sociedad sin necesidad de guardias, de trajes lujosos,
de lampadarios, de estatuas y de otras cosas parecidas usadas solo para
aparentar; es decir, a darme cuenta de que un príncipe puede reducir sus
vanidades hasta el punto de llegar a no sobrepasar las de un particular, sin
que por ello desprecie ni humille su rango ni descuide los deberes que debe
ejercitar como soberano y los derechos que puede exigir, por ello mismo, en
nombre del Estado; el haber tenido un
hermano como el que tuve, capaz por su carácter de inducirme a tener mucho
cuidado de mí mismo sin dejar por ello de encantarme por su gran afecto y consideraciones
hacia mí; el no haber tenido hijos torpes ni contrahechos; el no haberme aficionado
excesivamente a la retórica, a la poesía y a otros estudios que me hubieran movido
a dedicarme a ellos totalmente de haber observado que pudiera hacer en ellos progresos;
el haberme anticipado a los deseos de mis maestros colocándolos en las dignidades
que me parecían ambicionar, sin dilatar el cumplimiento de sus deseos ni pretender
que, puesto que aún eran jóvenes, más tarde podría realizar sus aspiraciones; el
haber conocido a Apolonio, a Rústico y a Máximo; el haber comprendido muchas veces
y con toda claridad lo que es la vida conforme a la Naturaleza, de tal modo que
el que no viviese de acuerdo con ella no dependería en modo alguno de los
dioses, de sus comunicaciones, inspiraciones y ayudas, sino de mi propia culpa
por no tener en cuenta precisamente sus advertencias, es decir, sus lecciones;
la resistencia extraordinaria de mi cuerpo, no obstante mi trabajosa vida; el
no haber tocado a Benedicta ni a Teodoto; el haberme curado pronto y sin dolor,
más tarde, cuando el amor me hizo su víctima; el no haber empeorado con hechos
de los que luego hubiera tenido que arrepentirme, mis enfados con Rústico; el
que mi madre, que estaba destinada a morir joven, pudiese pasar a mi lado sus
últimos años; el que cuando se me ocurrió socorrer a un hombre necesitado o que
por alguna razón necesitaba ayuda, pudiera hacerlo; el no haber necesitado a mi
vez que otro me ayudase con sus préstamos; el haber desposado a una mujer tan
obediente, amante y sencilla; el haber tenido buenos maestros para mis hijos; el
haber soñado diversos remedios para mis males, especialmente para corregir mis mareos
y los esputos sanguinolentos que con frecuencia arrojaba, como me sucedió filosofía,
ni para pasar el tiempo en el análisis de autores y silogismos o perderle, igualmente,
ocupándome de la física celeste. Forzosamente, tanta ventura me fue concedida
por los bondadosísimos dioses y por la Fortuna. Esto lo escribo en el país de los
Cuados (4), al borde del río Gran.
(4) Pueblo
germánico de origen suevo, que habitaba al norte del Danubio.