
De la misma manera, el cuerpo del hombre es también una parte peculiar de este espectáculo pasajero. Toda la belleza de la cara se supone que se concentra en la nariz y los ojos. Nosotros decimos que un hombre es guapo o que una mujer es bella si tienen una nariz y unos ojos bonitos. Pero la nariz es como un tubo para la secreción nasal. La boca es una escupidera de saliva y flemas. El estómago es como el alcantarillado de un municipio. Al cuerpo se le dan nombres respetables como «Shiral Sheth». Es producido por una mezcla de huesos, de carne y de sangre. La intención del Paramatman (el Sí mismo Supremo) es despertar al ser humano denigrándole por medio de su cuerpo.
Entonces hace que el ser humano clame por la felicidad y que vaya en todas direcciones a buscarla.
A pesar de esto, el ser humano considera el cuerpo como un gran regalo y lo elogia con un lenguaje florido; por ejemplo, la nariz, que es un tubo de mocos, se compara al capullo de la flor de Champaka; los ojos, que son depósitos de secreciones, son llamados ojos de loto; la cara, con una boca para escupir saliva, es llamada la cara de la luna; y los brazos y las piernas, que son retorcidos como las ramas de un árbol, son comparados con manos de loto y con pies de loto.
El ser humano considera esta actitud como una gran victoria y exhibe su falta de pudor. No obstante, el Gran Señor ha otorgado a este ser humano, a este personaje de una representación vulgar del festival de Shimga, una cosa maravillosa llamada «intelecto» que no ha dado a ninguna otra especie. El propósito de este regalo es que comprenda la Verdad Última, el Sí mismo, y que ponga fin a este espectáculo denigrante. Sin embargo, el ser humano usa mal su intelecto. Considera la alcantarilla
como el Ganges y el cuerpo como Dios, y así lo echa a perder. Esta persona pasa un montón de tiempo entregado al adorno de su cuerpo físico. Al tomar su cuerpo como «yo», entra en contacto entonces con otro cuerpo femenino, y llama a esa persona suya.
Deposita todo su sentido de «mío» o de posesión en ese cuerpo femenino. Por virtud del contacto de este «yo» y «mío», nacen muchos hijos y toda una familia es traída a la existencia. El hogar finalmente se desmembra, y entonces el pobre hombre queda en ridículo.
El «yo» no puede ser encontrado en ninguna parte del cuerpo. También es un hecho que el cuerpo no es «mío». ¿Entonces a quién pertenece el cuerpo? ¿Quién es el «propietario» del cuerpo? Los cinco elementos (la tierra, el agua, la luz, el aire y el espacio) tienen el derecho de propiedad de este cuerpo. Cuando el cuerpo muere, cada uno de estos elementos (que en su forma más sutil son los cinco sentidos del cuerpo) se lleva su propia parte y entonces destruyen el cuerpo. El cuerpo es un paquete de estos cinco elementos. Las telas que fueron atadas en el paquete han sido retiradas por sus respectivos propietarios; y la tela con la que estaba atado el paquete también ha sido retirada por su propietario. ¿Cómo puede permanecer entonces una cosa llamada «paquete»? Entonces ya ni siquiera está disponible ante la vista. De la misma manera, una vez que el cuerpo compuesto de los cinco elementos se absorbe en los cinco principios de estos elementos, entonces ya no queda ningún objeto tal como el cuerpo.
Así pues, «yo» no estoy en el cuerpo y el cuerpo no me pertenece. Este tipo de cuerpo no puede tener el orgullo de «yo» o «ego», y tampoco puede tener las relaciones que existen debido al contacto del cuerpo, tales como el nacimiento y la muerte o las seis pasiones que afectan al cuerpo. Todas estas cosas no pueden dirigirse a mí como «mías». El cuerpo puede estar en un estado de infancia o de juventud o de vejez; o puede ser negro, blanco, bello o feo. Puede haber estado infectado por la enfermedad. Puede estar vagando sin ninguna meta o ir a los lugares sagrados de peregrinación, o
puede devenir inmóvil en samadhi. Todas estas actitudes, propiedades o modificaciones pertenecen al cuerpo, pero el «yo» está separado de todo esto.
Al menos hemos aprendido esto del análisis del cuerpo físico. El bello niño de algún otro no tiene ningún valor comparado con nuestro propio niño rechoncho, granujiento y mocoso. Nosotros no sufrimos si muere el dulce niño de algún otro tanto como sufrimos si se pierden nuestras zapatillas viejas.
La razón de esto es que nosotros no tenemos el mismo sentido de «posesión» o «mío» hacia la otra persona. Sin embargo, una vez que se comprende que esta cosa particular no es «mía», que pertenece a algún otro, entonces deviene indiferente y gradualmente incluso comienza el menosprecio de ese «otro»; y entonces viene la renuncia.
El cuerpo de ese otro no es mío, pertenece a los cinco elementos, es la propiedad de otro. Si se comprende esto, sea el tipo de cuerpo que sea, ¿cómo puede afectarnos? Así pues, dejemos este cuerpo y prosigamos. Sin embargo, dejar este cuerpo no significa que debamos arrojarlo a un pozo o colgarlo de una soga alrededor del cuello. Dejarlo significa que sabemos lo que es. Cuando lo conocemos por lo que es, el interés persistente en él se desvanece y entonces se renuncia automáticamente al cuerpo. Si el cuerpo es destruido a propósito, renacerá sin duda una y otra vez. La renuncia completa
al cuerpo se obtiene sólo a través de la discriminación. La renuncia viene de la
discriminación, y en lugar de devenir una razón para el renacimiento, libera al ser humano enteramente de él.