Era
un venerable maestro en sus ojos había un reconfortante destello de paz
permanente.
Solo
tenía un discípulo al que paulatinamente iba impartiendo la enseñanza mística,
luego de años de enseñanza, un día el maestro se dirigió al discípulo y le ordeno.
¡Acércate
al cementerio y una vez allí con toda la fuerza de tus pulmones comienza a
gritarles toda clase de halagos a los muertos!
El
discípulo camino hasta un cementerio cercano, el silencio era sobrecogedor quebró
la apacible atmósfera del lugar gritando toda clase de elogios a los muertos.
Después
regreso junto a su maestro ....
¿Qué
te respondieron los muertos? - pregunto el maestro.
¡Nada
dijeron!, contesto el discípulo.
¡En
ese caso vuelve al cementerio y lanza toda suerte de insultos a los muertos!,
le pidió el maestro.
El
discípulo regreso hasta el cementerio y con todas sus fuerzas comenzó a soltar
toda clase de improperios contra los muertos, después de unos minutos volvió
junto al maestro que le hizo la misma pregunta y obtuvo la misma respuesta.
De
nuevo. nada dijeron.
Y
el maestro concluyo .......
!ASÍ DEBES SER TU, INDIFERENTE COMO UN MUERTO A LOS HALAGOS E INSULTOS DE LOS
OTROS!
Cuando
estamos apegados a lo que digan los demás sobre nuestras acciones, la paz
interior está muy lejos.
Si
vivimos de los halagos o nos sumergimos en la angustia cuando alguien nos
critica es probable que no lleguemos a conocer la serenidad.
Para
los tibetanos permanecer en uno mismo, más allá de unos y de otros es el
correcto camino que seguir.

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