viernes, 9 de junio de 2017

Carlos Castaneda (1)

Un guerrero sabe que es sólo un hombre. Su único pesar es que su vida es tan corta que no le permite asir todas las cosas que quisiera. Pero, para él, eso no es un problema; es sólo una lástima.
Sentirse importante lo hace a uno pesado, torpe y banal. Para ser un guerrero se necesita ser liviano y fluido.
Cuando los seres humanos se ven como campos de energía, parecen fibras de luz, como telarañas blancas, con hebras muy finas que circulan desde la cabeza hasta la punta de los pies. De ese modo, ante el ojo del vidente, un hombre aparece como un huevo de fibras que circulan. Y sus brazos y piernas son como cerdas luminosas que brotan en todas direcciones.
El vidente ve que cada hombre está en contacto con todo lo que le rodea, pero no a través de sus manos, sino mediante un montón de largas fibras que brotan en todas direcciones desde el centro de su abdomen.
Esas fibras unen al hombre con lo que le rodea; conservan su equilibrio; le dan estabilidad.
Cuando un guerrero aprende a ver, ve que un hombre, ya sea mendigo o rey, es un huevo luminoso, y no hay manera de cambiar nada; o mejor dicho, ¿qué podría cambiarse en ese huevo luminoso? ¿Qué?
Un guerrero nunca se preocupa de su miedo. En vez de eso, ¡piensa en las maravillas de ver el flujo de la energía! El resto son adornos, adornos sin importancia.
Sólo un chiflado emprendería por cuenta propia la tarea de hacerse hombre de conocimiento. A un hombre cuerdo hay que engañarlo. Hay montones de gente que acometerían con gusto la tarea, pero ésos no cuentan. Casi siempre están rajados. Son como cántaros que por fuera se ven en buen estado, pero que comenzarían a gotear en el momento en que los sometieras a presión y los llenaras de agua.

Cuando un hombre no se preocupa por ver, las cosas le parecen más o menos lo mismo cada vez que mira el mundo. En cambio, cuando aprende a ver, ninguna cosa es igual cada vez que la ve, y sin embargo es la misma. Para el ojo de un vidente, un hombre es como un huevo. Cada vez que ve a un mismo hombre, ve un huevo luminoso, pero no es el mismo huevo luminoso.

domingo, 4 de junio de 2017

El sanar, casi siempre, implica un trauma de algún tipo: abrir viejas heridas, exponer a la luz energías reprimidas, ignoradas y mal entendidas; tratar de ver lo amoroso dentro de aquello que no amamos… es por esto que la sanación no siempre luce o se siente bien, o hermosa o amable.
Uno de los mitos más peligrosos y desconsiderados que hemos heredado de nuestra cultura es que la sanación debería ‘SENTIRSE BIEN’. ¡No! A veces nuestro dolor realmente aumenta y se intensifica conforme la oscuridad sale hacia la luz. ¡Pero el dolor que inmediatamente juzgamos como ‘malo’ podría indicar que nuestro proceso de sanación se está intensificando y alineando, y no que está estancado!
Está la tendencia en nuestra cultura de evitar el sufrimiento, de distraernos de él, de etiquetarlo como ‘equivocado’ o ‘negativo’, que es necesario meditarlo o medicarlo para deshacernos de él, que es necesario prevenir la experiencia de éste (¡y por supuesto, hay una gran inteligencia en esto también!). Mucha de nuestra así llamada ‘medicina moderna’ está orientada a la eliminación de los síntomas, a calmar la incomodidad, a adormecer el caos y a dirigirnos hacia una idea socialmente aceptable de ‘normalidad’.
Pero a veces, amigos, ¡simplemente ya no tenemos ningún interés en ‘volver a la normalidad’! ¡Lo ‘normal’ era el problema, no la solución! El estatus quo necesitaba cambiar. Era completamente inestable y falso. ¡Ya es hora de una nueva medicina!
A veces, nuestra frágil ‘normalidad’ necesita romperse en el caos, el dolor necesita ser sentido más a fondo, el corazón tiene que romperse con mucha más intensidad. Y esto no es para destrozarnos, sino para deshacer formas no auténticas de ser.
El sufrimiento no es un castigo que mande un dios sentencioso, tampoco se trata de un error en un universo descompuesto, tampoco es la evidencia de nuestro fracaso y nuestra ignorancia, sino una enseñanza espiritual profundamente viva. Mira a Jesús en la cruz. El dispositivo de su tortura se convirtió en su última invitación para sanar – el redescubrimiento de su propia Presencia, previa a su encarnación humana, previa al tiempo mismo. La crucifixión fue la invitación para descubrir de nuevo a Dios.
¡Todos estamos en la cruz con Jesús! ¡La cruz nunca discrimina a nadie!
Considera la posibilidad de que dentro de tu sufrimiento estás siendo invitado a dejar ir, a dejar ‘las cosas de niño’, a despertar del sueño de la normalidad para abrazar la vida con todo su quebranto y asombro. Para enamorarte del sitio en donde te encuentras en este momento. Para ser aquí, ahora.
Deja que los vientos soplen, deja que la tempestad ruja, deja que todo lo falso se purifique, deja que todo lo muerto permanezca muerto, ¡permite que la vida estalle allí, justo donde estás! Tan sólo estás siendo invitado a una más profunda sanación, aunque se sienta como dolor, aunque el corazón se sienta frágil y en carne viva, aunque seas incapaz de ver todavía algún mañana.

Dios es aquí.

Jeff Foster

martes, 30 de mayo de 2017

Cuentos y fábulas de Buda

DESAFÍO
―Es imprescindible un poco de lucha. Las tormentas con sus truenos, relámpagos y tristezas, nos enriquecen tanto como la felicidad y la alegría.
Oí una parábola antigua. Y debe ser muy antigua porque en aquellos días Dios acostumbraba a vivir en la tierra.
Un día un viejo campesino fue a verle y le dijo: ―Mira, tú debes ser Dios y debes haber creado el mundo, pero hay una cosa que tengo que decirte: No eres un campesino, no conoces ni siquiera el ABC de la agricultura. Tienes algo que aprender.
Dios dijo: ― ¿Cuál es tu consejo?
El granjero dijo: Dame un año y déjame que las cosas se hagan como yo quiero y veamos qué pasa. La pobreza no existirá más.
Dios aceptó y le concedió al campesino un año. Naturalmente pidió lo mejor y solo lo mejor: ni tormentas, ni ventarrones, ni peligros para el grano.
Todo confortable, cómodo y él era muy feliz. El trigo crecía altísimo. Cuando quería sol, había sol; cuando quería lluvia, había tanta lluvia como hiciera falta. Este año todo fue perfecto, matemáticamente perfecto.
El trigo crecía tan alto…que el granjero fue a ver a Dios y le dijo: ¡Mira! esta vez tendremos tanto grano que, si la gente no trabaja en diez años, aun así, tendremos comida suficiente.
Pero cuando se recogieron los granos estaban vacíos. El granjero se sorprendió. Le preguntó a Dios : ¿Qué pasó, qué error hubo?.
Dios dijo: Como no hubo desafío, no hubo conflicto, ni fricción, como tu evitaste todo lo que era malo, el trigo se volvió impotente.
Un poco de lucha es imprescindible. Las tormentas, los truenos, los relámpagos, son necesarios, porque sacuden el alma dentro del trigo.
La noche es tan necesaria como el día y los días de tristeza son tan esenciales como los días de felicidad. A esto se le llama entendimiento. Entendiendo este secreto descubrirás cuán grande es la belleza de la vida, cuanta riqueza llueve sobre ti en todo momento, dejando de sentirte miserable porque las cosas no van de acuerdo con tus deseos.

miércoles, 24 de mayo de 2017

Thich Nhat Hanh

Si sabemos cómo conducirnos en el momento presente, no tenemos que preocuparnos por el futuro.Si el momento presente tiene paz, alegría y felicidad, entonces el futuro también lo tendrá.

miércoles, 17 de mayo de 2017

Sopa de pollo para el alma

El amor y el taxista
El otro día, en Nueva York, cogí un taxi con un amigo. Cuando nos bajamos, mi
amigo le dijo al taxista:
—Le agradezco el viaje. Es usted un conductor estupendo.
Durante un segundo, el hombre se quedó atónito. Después reaccionó:
—Oiga, ¿me está tomando el pelo o qué?
—Nada de eso, amigo mío, no tengo intención de molestarlo. Admiro la
tranquilidad con que se mueve en medio de semejante tránsito.
—Ah —farfulló el conductor, y siguió su recorrido.
—¿A qué venía eso? —pregunté.
—Estoy tratando de restaurar el amor en Nueva York —me respondió mi
amigo—. Creo que es lo único capaz de recuperar la ciudad.
—¿Cómo es posible que un solo hombre salve Nueva York?
—No es cuestión de un solo hombre. Creo que a ese taxista le he cambiado
el día. Suponte que haga veinte viajes. Pues será amable con esos veinte
pasajeros porque alguien fue amable con él. Ellos, a su vez, serán más cordiales
con sus empleados, servidores o colaboradores, e incluso con sus respectivas
familias. En última instancia, la buena disposición podría extenderse a un millar
de personas por lo menos. No está mal, ¿no te parece?
—Pero tú confías en que ese taxista transmita tu buena disposición a los
demás.
—No estoy confiando en nada —respondió mi amigo—. Me doy cuenta de
que el sistema no es totalmente seguro. Hoy puedo encontrarme con diez
personas muy diferentes, si de entre esos diez puedo hacer felices a tres,
finalmente podré influir en forma indirecta sobre las actitudes de tres mil más.
—Teóricamente suena bien —admití—, pero no estoy seguro de que en la
práctica funcione.
—Si no funciona no se pierde nada. No perdí ni un minuto en decirle a ese
hombre que estaba haciendo muy bien su trabajo. Ni le di una propina mayor ni
una más pequeña. Y si mis palabras cayeron en oídos sordos, ¿qué importa?
Mañana habrá algún otro taxista a quien pueda tratar de hacer feliz.
—Oye, tú estás un poco chiflado —señalé.
—Tus palabras demuestran lo cínico que te has vuelto. Este asunto lo tengo
estudiado. Lo que al parecer les falta a nuestros empleados de correos, aparte
de dinero, por cierto, es que nadie les dice lo bien que están haciendo su trabajo.
—Pero si no están haciendo bien su trabajo.
—Si no están haciendo bien su trabajo es porque sienten que a nadie le
importa cómo lo hacen. ¿Por qué no decirles una palabra que les anime?
En ese momento pasábamos junto a un edificio en construcción, donde
cinco obreros estaban almorzando. Mi amigo se detuvo.
—Qué trabajo estupendo habéis hecho —señaló—. Debe de ser algo muy
difícil y peligroso.
Los hombres lo miraron con desconfianza.
—¿Cuándo estará terminado?
—En junio —gruñó uno de ellos.
—Ah. Pues realmente, es impresionante. Debéis de estar muy orgullosos.
Seguimos caminando y yo le señalé:
—No he visto a nadie como tú desde que leí el Quijote.
—Cuando esos hombres asimilen mis palabras se sentirán más felices y, de
alguna manera, su felicidad será un beneficio para la ciudad.
—Pero, ¡esa no es una tarea para que la hagas tú solo! —protesté yo—. Al
fin y al cabo, no eres más que un hombre.
—Lo más importante es no descorazonarse. Intentar que la gente de la
ciudad vuelva a ser feliz no es tarea fácil, pero si puedo enrolar a más gente en
mi campaña...
—Acabas de guiñarle el ojo a una mujer feísima —le señalé.
—Ya lo sé —me respondió—. Piensa que si es maestra de escuela hoy sus
alumnos tendrán un día fantástico.

Art Buchwald

jueves, 11 de mayo de 2017

Cuentos y fábulas de Buda

El Buda de Madera
Una fría noche de invierno, un asceta errante pidió asilo en un templo. El pobre hombre estaba tiritando bajo la nieve, y el sacerdote del templo, aunque era reacio a dejarlo entrar, acabó accediendo:
—Está bien, puedes quedarte, pero sólo por esta noche. Esto es un templo. No un asilo. Por la mañana tendrás que marcharte.
A altas horas de la noche, el sacerdote oyó un extraño crepitar. Acudió rápido al templo y vio que el forastero había encendido un fuego y estaba calentándose.
 Observó que faltaba un Buda de madera, y preguntó:
—¿Dónde está la estatua?
El otro señaló al fuego con un gesto y dijo:
—Pensé que iba a morirme de frío…
—¿Estás loco? ¿Sabes lo que has hecho? Era una estatua de Buda. ¡Has quemado al Buda!
El fuego iba extinguiéndose poco a poco. El asceta lo contempló fríamente y comenzó a removerlo con su bastón.
—¿Qué haces ahora? —vociferó el sacerdote.
—Estoy buscando los huesos del Buda que, según tú, he quemado.  

jueves, 4 de mayo de 2017

Cuentos y fábulas de Buda

Los Dos monjes budistas
Dos monjes budistas estaban paseando fuera del monasterio.
Uno era un viejo maestro aproximadamente de unos noventa años y el otro eran un principiante joven. Ellos estaban cerca de una corriente de agua que había inundado sus bancos.
Al lado de la corriente había una joven hermosa que les dijo, "Mirad, Maestros, está todo inundado.
¿Me ayudaría usted a travesar la corriente?".
El joven monje estaba horrorizado ante el hecho de tener que tomarla para travesar el charco, pero el viejo con calma la tomó y la llevó a través la corriente. Cuando llegaron al otro lado de la corriente, él la dejó y los dos monjes continuaron caminando. El joven no podía dejar de pensar en este incidente y finalmente le dijo al más viejo, " ¡Maestro! Usted sabe que hemos jurado abstinencia. No nos permiten tocar una joven hermosa así. ¿Cómo podría usted tomar a aquella joven hermosa en sus brazos y dejarle poner sus manos alrededor de su cuello, sus pechos al lado de su pecho, y llevarle a través de la corriente así? ". Y el anciano le dijo, "¡Hijo mío, usted todavía la lleva encima! ".