Qué lo disfrutéis.
Sari era un buen hombre con aspiraciones espirituales sinceras y se
había propuesto llevar a cabo una larga peregrinación a Benarés para bañarse en
el Ganges. Antes de partir, se encontró con un maestro que le preguntó:
- ¿Para qué
quieres ir allí?
- Para ponerme en
contacto con Dios – repuso.
El maestro le
ordeno:
- Dame ahora mismo
todo el dinero que llevas para el viaje.
Sari le entregó el
dinero, el maestro se lo guardo en el bolsillo, y dijo:
- Sé que habrías
acudido a Benarés y te hubieses lavado en el Ganges.
Pues bien, en lugar de eso, lávate con el agua que llevo en mi
cantimplora.
Sari tomó el agua
y se lavó la cara y las orejas. El maestro, satisfecho, declaró a continuación:- Ahora ya has conseguido lo que te proponías. Ya puedes regresar a tu casa con el alma serena, aunque antes quiero decirte algo más. Desde que fue construido Benarés, Dios no ha morado allí ni un solo minuto. Pero desde que fue creado el corazón del hombre, Dios no ha dejado de habitar en él ni un solo instante. Ve a tu casa y medita. Y, siempre que lo necesites, viaja a tu propio corazón.
En la niñez todo fluye con amor, alegría y felicidad, no hay nada más que el disfrute y el ser feliz. Cuando crecemos nos olvidamos de todo lo anterior y de lo que llevamos dentro. Somos seres especiales, somos hijos de Dios, llevamos amor, como cuando éramos niños.
Cuando hacemos las cosas desde ese sitio de paz, tolerancia,
amor; ese sitio que Dios nos ha dado, lo tenemos situado en el corazón. Si lo
hacemos desde allí, todo está bien y nunca nos vamos a equivocar.
Dios está dentro de nosotros. Está en nuestro corazón preguntémoslo,
Él, siempre nos responderá con AMOR, pero, hagámosle caso, confiemos en Él.
Como en el cuento, no busquemos ayuda en el exterior, cuando la tenemos dentro.
Busquemos en nuestro corazón, él nos dirá.
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