Todas las cosas se hallan cubiertas de un velo tan espeso, por decirlo así, que más de un filósofo de mérito ha pensado que era absolutamente imposible descubrir el fondo. Desde luego, hasta los mismos estoicos piensan que este descubrimiento es difícil, por lo menos, y que todas nuestras opiniones están sujetas a cambios. ¿Acaso, pues, hay alguien que no cambie de idea? Examina ahora los objetos que poseemos. ¡Cuán corta es su duración! ¡Y cuán despreciables son, puesto que un libertino, una cortesana o un bandido, o cualesquiera, pueden poseerlos del mismo modo que nosotros! Echa luego una mirada sobre las costumbres de los que viven contigo: el más agradable de todos ellos es apenas soportable; ¿qué digo?, difícilmente habrá alguno que pueda soportarse a sí mismo. Ahora bien; me pregunto: en estas tinieblas, en este pútrido fango, en este torrente avasallador que arrebata el tiempo y la materia, ¿puede haber algo que merezca la estima o el menor aprecio? Al contrario, se ve uno reducido a consolarse a sí mismo, esperando la propia y natural disolución, sin impacientarse por su tardanza y ateniéndose únicamente a estas dos consideraciones: primeramente, que no puede sucederme nada que no se halle de acuerdo con la naturaleza universal, y en segundo lugar, que solo consiste en mí el no obrar contra mi dios y mi genio, porque ninguna fuerza en el mundo puede obligarme a desobedecerlos.
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