Un ratón que se paseaba a lo largo de un arroyo se hizo amigo de una rana.
Se reunían ambos,
todos los días, a una hora fija, en el lugar de su primer encuentro con el fin
de contarse historias y divertirse.
Un día, el ratón
dijo a la rana:
"¡Oh, tú, el
más noble de los animales! Desde hace mucho tiempo, deseo confiarte un secreto.
Vienes del agua y a ella vuelves. Y yo, cuando te llamo desde la orilla del
arroyo, no obtengo respuesta porque tú no me oyes. Mi corazón no se satisface
con nuestros encuentros diarios. Me siento extraviado
cuando no veo tu
rostro. Para mí, eres la luz del día y la paz de la noche. Mi corazón desea
estar contigo en todo instante. Pero tú ignoras todo de mi estado.
¡Oh, hermana mía!
Yo vengo de la tierra y tú vienes del agua. Me es imposible sumergirme en el
agua. Es preciso que encontremos un medio para que te lleguen mis
llamadas."
Y propuso esta
solución:
"Vamos a
tomar un hilo muy largo y cada uno de nosotros atará una de sus patas a uno de
sus extremos. Así, cuando quiera verte, me bastará con tirar del hilo."
Esta solución no
gustó mucho a la rana y se negó.
Si la rana del
alma está atada al ratón del cuerpo, es importunada sin cesar por este último,
que tira del hilo.
El ratón insistió
tanto que la rana acabó por ceder. Se ataron, pues, por medio de un largo hilo
y, cada vez que el ratón tiraba de él, la rana subía del fondo del agua para
conversar con su amigo. Ahora bien, un día, un enorme cuervo atrapó al ratón y
alzó el vuelo. Arrastró al ratón y a la rana tras él, el ratón en su pico y la
rana al extremo del hilo. La gente que vio este espectáculo
dijo:
"¡Qué cosa
tan asombrosa! Una rana, criatura acuática, ¡cazada por un cuervo!"
La rana, por su
parte, se decía:
"¡Quien se
hace amigo de una criatura que no es de su clase merece ciertamente el castigo
que yo sufro!

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