Amigo, es hora de volver
a tu sagrada incomodidad.
A las mejillas sonrojadas y las palabras vacilantes.
A los chistes que no funcionan del todo.
A intentarlo y no acertar.
A tropezar con tus diálogos,
a trabarte con tus frases,
a sentir el calor y el temblor crecer,
a ser un desastre y sobrevivir a todo.
Porque sigues siendo tan adorable,
incluso en tus momentos más embarazosos.
Vuelve a tu humanidad.
A esta maravillosa y desordenada libertad
que eres.
La vergüenza no es un fracaso.
Es una señal de que estás vivo.
Significa que estás apareciendo,
dejándote ver,
a encontrar tu lado más vulnerable.
Y cada vez que te ven,
y eres valiente en la luz,
y no mueres, y no huyes,
tu sistema nervioso aprende:
"Ahora estamos a salvo.
Somos desordenados,
somos imperfectos,
pero estamos condenadamente a salvo".
Así es como ocurre la sanación:
no a través del pensamiento,
no a través de respuestas espirituales perfectas
y viejas y rancias fórmulas para vivir,
sino a través de un profundo permiso somático.
Tu torpeza creativa y divina
te sanará
desde lo más profundo.
De verdad que sí.
¡Qué maravillosamente vergonzoso!

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