¿Cómo sabes que Dios existe cuando ni siquiera sabes leer?
El
viejo respondió:
-
Gran señor,
conozco la
existencia de Dios por las señales que
nos muestra.
Respondió
el humilde siervo y le explicó:
-
Cuando usted recibe una carta de alguna
persona ausente
¿Cómo sabe quién la escribió?
- Por la letra, respondió el jefe.- Cuando usted recibe una joya,
¿Cómo
obtiene información acerca de la
persona que la
elaboró?
- Por la firma del orfebre, volvió a responder el
jefe.
El viejo sonrió y agregó:
- Cuando
oye pasos de
animales alrededor de la tienda ¿Cómo sabe, después, si fue un carnero, un caballo o un buey? - Por las huellas.
Respondió
el jefe, sorprendido.
Entonces, el viejo creyente lo invitó a salir de
la barraca y,
mostrándole el cielo, donde la Luna brillaba
rodeada por
multitudes de
estrellas, exclamó
respetuosamente:- Señor, aquellas señales, allá arriba...
- ¡No pueden ser de los hombres!
En ese
momento, el
orgulloso jefe de la caravana comenzó a
orar también.
Dios, aunque invisible a nuestros ojos, nos deja
señales en
todas partes:
En la claridad de las mañanas, en el día que transcurre con el
calor del sol o
con la
lluvia que moja la hierva...
El
deja señales cuando alguien se acuerda de
ti, cuando
alguien te considera importante...
Cuando alguien merece
tu cariño, o cuando alguien te dice: ¡Que Dios te bendiga!
Por eso, Señor, te diré sólo dos palabras. Quiero que sean sinceras y sencillas.
En el silencio de la soledad te digo
desde lo más profundo de mi corazón: Gracias.
Gracias por todo lo que me has concedido, porque te lo
he pedido.
Por todo lo
que me has dado, sin habértelo rogado.
Por todo lo que me has otorgado, sin haberlo merecido.
Gracias por la
salud, por el bienestar, por las alegrías y las satisfacciones.Por todo lo que me has otorgado, sin haberlo merecido.
Gracias
también por la enfermedad, por las penas y los sufrimientos. Aunque me cuesta
trabajo, Señor, te agradezco esto último. ¡Tú sabes lo que haces!
Gracias por el rayo de esperanza que me iluminó, por aquella mano que me levantó, por ese
consejo que me guio, por aquellas palabras que me alentaron, por
esa sonrisa que me alegró, por
aquellos brazos que me recibieron.
Pero sobre
todo, te doy gracias, Señor, por la fe que tengo en ti. En este tiempo, un
tanto confuso, aunque lleno de esperanzas, que a veces, se hace difícil creer.
Te confieso
sinceramente; no siempre he sabido cómo actuar, qué hacer, a dónde ir. Sin
embargo, sigo teniendo fe.
Te doy gracias, porque me has iluminado, porque me has levantado, porque has
perdonado mis errores
Te doy
gracias, Señor, por mis amigos y por todo aquello que ignoro.
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