SHEIJ
Había una vez un sheij que era el hombre más
ilustrado de la tierra. El pueblo lo consideraba como un profeta. Una mañana,
su mujer le dijo:
"¡Tu corazón es tan duro como la roca! ¿Forma
parte eso de las reglas de la sabiduría? Todos nuestros hijos han muerto y yo,
a fuerza de llorar, me he encorvado como un arco. A ti, nadie te ha visto
llorar nunca. ¿No hay lugar en tu corazón para la piedad? Nosotros estamos
ligados a ti y te servimos día y noche, pero ¿qué podemos esperar de alguien
que no conoce la piedad? ¿A qué llaman sheij? A un anciano de pelo y barba
blancos. Sabe que el verdadero sheij no tiene ni siquiera asomo de existencia.
El que no tiene pretensión alguna de existencia, sea su pelo negro o blanco,
¡ése es un sheij! ¡No olvides que Jesús
habló en su cuna!"
El sheij respondió:
"Te engañas si crees que no existe piedad ni
ternura en mi corazón. Siento piedad por los infieles que se exponen al
infierno con sus horribles blasfemias.
Cuando un perro me muerde, pido a Dios que le
conceda un carácter más apacible, pues si mordiese a algún otro, correría el
riesgo de ser lapidado."
La mujer replicó:
"Si realmente sientes esa ternura por el universo
entero, ¿por qué no hay rastro de lágrimas en tus ojos cuando el destino nos
ha quitado a nuestros hijos?"
El sheij respondió:
"Muertos o vivos, nunca desaparecerán de mi
corazón. ¿Por qué habría de llorar si los veo sin cesar, ahí, ante nosotros? No
se llora a alguien sino cuando uno está separado de él." Otro día, un
hombre llamado Behlul preguntó a ese mismo sheij:
"Dime cómo estás. ¿En qué estado te
encuentras?"
El respondió:
"Todos los viajeros soportan Su voluntad y los
ríos fluyen en el sentido que Él les ordena. La vida y la muerte van adonde Él
quiere. Algunos reciben mensajes de pésame y otras felicitaciones. ¡Nadie puede
sonreír si Él no ha dado la orden!"
Behlul dijo entonces:
"Es verdad lo que dices y tienes cien mil veces
razones. Pero explícame eso algo más claramente para que tanto el ignorante
como el sabio puedan aprovechar tu sabiduría. ¡Prepáranos un festín de platos
variados para que todos puedan comer lo que les conviene!"
El sheij:
"Todos saben que nada ni nadie puede hacer cosa
alguna sin la voluntad de Dios. Ni siquiera la hoja del árbol. Y Sus órdenes
son muy numerosas y nadie puede contarlas pues ¿quién podría contar las hojas
de un árbol? Lo infinito no puede ser delimitado por las palabras. Los decretos
de Dios encuentran aceptación entre Sus criaturas. Cuando la criatura se somete
a la voluntad de Dios, la vida y la muerte le parecen iguales. Su
vida no está volcada hacia el lucro, sino hacia Dios. Su muerte no es causada por
las enfermedades o las pruebas, sino por Dios. Su fe no se dirige a las
huríes y al paraíso, sino a Dios.
Renuncia a la blasfemia, no por temor al infierno,
sino por temor de Dios. Eso está en su naturaleza. No es algo que haya adquirido
por su esfuerzo o por la práctica del ascetismo. Ríe sólo cuando comprueba
que Dios la ha aceptado. Para ella, el destino es una golosina. Si un servidor
de Dios es de tal naturaleza, ¿por qué habría de decir: "¡Oh, Dios mío!
¡Cambia mi destino!"
Porque sabía que la muerte de sus hijos había sido
querida por Dios es por lo que esta muerte le era tan dulce como los kadaifs
(pastelería oriental).
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Gracias por participar y hacer más grande esta página.