Tu mal no puede provenir del espíritu de otro ni de ninguna modificación o alteración de la materia que envuelve el tuyo. ¿Dónde está, pues? En la parte de tu ser que juzga tus males. Que no se pronuncie por ninguno y todo va bien. Aunque el cuerpo, que se halla tan próximo a esta parte, estuviese dividido, quemado, podrido o ulcerado, que permanezca tranquilo; o, más bien, que lo que puede suceder igualmente al hombre perverso y al hombre honrado no es ni un mal ni un bien. Porque bien considerado, lo que sucede al que vive en oposición con la Naturaleza como al que vive de acuerdo con ella, no está ni en pro ni en contra suya.
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