Incluso cuando te conviertes en una persona más espiritual, sigues siendo una persona. Y el "yo espiritual" es la manifestación más pegajosa, engañosa y apestosa del ego.
La espiritualidad destruye el yo; no lo enriquece. Deconstruye la imagen falsa,
destruye todo lo irreal, todo lo de segunda mano, todo objeto, toda identidad
creada por la mente, todo lo que no es realmente quien eres. Te deja desnudo,
humillado e inconsciente de cualquier meta.
La verdadera espiritualidad no se puede enseñar, y nadie es dueño de la vida ni
tiene acceso privilegiado a la Verdad, a pesar de las protestas del ego contra
este hecho fundamental. La verdadera espiritualidad debe vivirse. Vivirse con
total compromiso con el momento presente. Vivirse hasta su máxima expresión,
hasta que la vida misma se convierta en una enseñanza sin esfuerzo y un
aprendizaje diario.
Eres como un bebé de nuevo. Lo he perdido todo, incluyendo la identidad de
quien lo perdió todo, la falsa creencia de que había algo que perder desde el
principio, y cualquier atisbo de fe en mí mismo como autoridad en la vida, y
ahora solo queda la vida, desplegándose momento a momento… cruda, palpitante,
innegable… rica, plena, íntima… y la conmoción y el asombro de despertar cada
mañana, y aquí, en lugar del olvido, encuentro un nuevo día, listo para ser
vivido.

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