jueves, 7 de diciembre de 2017

EL ORO DE LA LEÑA - Cuento Sufí

Un derviche vio un día en sueños una reunión de maestros, discípulos todos del profeta Elías. Les preguntó:
"¿Dónde puedo adquirir bienes sin que me cuesten nada?"
Los maestros lo condujeron entonces a la montaña y sacudieron las ramas de los árboles para hacer caer la fruta. Después, dijeron:
"Dios ha querido que nuestra sabiduría transforme estos frutos, que eran amargos, en aptos para el consumo. Cómelos. Se trata desde luego de una adquisición sin contrapartida." Al comer aquella fruta, el derviche sacó de ella tal sustancia que, al despertar, quedó pasmado de admiración.
"¡Oh, Señor! dijo, ofréceme, también a mí, un favor secreto."
Y, en el mismo instante, le fue retirada la palabra y su corazón quedó purificado.
"Aunque no hubiese otro favor en el paraíso, pensó, éste me basta y no quiero ninguno más."
Ahora bien, le quedaban dos monedas de oro que había cosido a sus vestiduras. Se dijo:
"Ya no las necesito puesto que, en adelante, tengo un alimento especial."
Y dio estas dos monedas a un pobre leñador pensando que esta limosna le permitiría subsistir durante algún tiempo. Pero el leñador iluminado por la luz divina había leído en sus pensamientos y le dijo:
"¿Cómo puedes esperar encontrar tu subsistencia si no es Dios quien te la procura?"
El derviche no comprendió exactamente lo que quería decir el leñador, pero su corazón quedó entristecido por estos reproches. El leñador se le acercó y depositó en el suelo el haz de leña que llevaba al hombro. Después dijo:
"¡Oh, Señor! En nombre de tus servidores cuyos deseos escuchas ¡transforma esta leña en oro!"
Y, al instante, el derviche vio todos los troncos brillar como el sol. Cayó al suelo sin conocimiento.
Cuando volvió en sí, el leñador dijo:
"¡Oh, Señor! En nombre de los que empañan tu fama, en nombre de los que sufren, ¡transforma este oro en leña!"
Y el oro volvió al estado de leña. El leñador volvió a echarse el haz al hombro y tomó el camino de la ciudad. El derviche quiso correr tras él para obtener la explicación de este misterio, pero su estado de admiración, así como su temor ante la estatura del leñador lo disuadieron de ello.

¡No formes parte de esos tontos que dan media vuelta una vez que han adquirido intimidad con el sultán!

martes, 5 de diciembre de 2017

LA CALDERA DE ESTE MUNDO - Cuento Sufí

Los deseos de este mundo son como una caldera y los temores de aquí abajo son como un baño. Los hombres piadosos viven por encima de la caldera en la indigencia y en la alegría. Los ricos son los que aportan excrementos para alimentar el fuego de la caldera, de modo que el baño esté bien caliente. Dios les ha dado la avidez.
Pero abandona tú la caldera y entra en el baño. Se reconoce a los del baño
por su cara, que es pura. Pero el polvo, el humo y la suciedad son los signos de los que prefieren la caldera.
Si allí no ves suficientemente bien como para reconocerlos por su rostro,
reconócelos por el olor. Los que trabajan en la caldera se dicen: "Hoy, he traído veinte sacos de boñiga de vaca para alimentar la caldera."
Estos excrementos alimentan un fuego destinado al hombre puro y el oro es como esos excrementos.

El que pasa su vida en la caldera no conoce el olor del almizcle. Y si, por azar, lo percibe, se pone enfermo.

viernes, 1 de diciembre de 2017

LA INCITADORA - Cuento Sufí

Un día, un sufí volvió a su casa de improviso. Ahora bien, su mujer recibía a un extranjero, procurando incitarlo. El sufí llamó a la puerta. No era su costumbre abandonar la tienda y regresar tan pronto a la casa, pero, dominado por un presentimiento, había decidido regresar ese día por sorpresa. La mujer por su parte estaba muy segura de que su marido no volvería tan pronto. Dios pone un velo sobre tus pecados para que un día te avergüences de ellos. Pero ¿quién puede decir hasta cuándo dura este privilegio? En la morada del sufí no había escondrijo alguno ni otra salida que la puerta principal. Ni siquiera había una manta bajo la cual habría podido ocultarse el extranjero. Como último recurso, la mujer vistió al extranjero con un velo para disfrazarlo de mujer. Después abrió la puerta. El extranjero con su disfraz parecía un camello en una escalera. El sufí preguntó a su mujer:
"¿Quién es esta persona con la cara velada?"
La mujer respondió:
"Es una mujer conocida en la ciudad por su piedad y su riqueza."
"¿Hay algún favor que podamos hacerle?" - preguntó el sufí.
La mujer dijo:
"Quiere emparentar con nosotros. Tiene un carácter noble y puro. Venía a ver a nuestra hija, que, desgraciadamente, está en la escuela. Pero esta señora me lo ha dicho: "¡Sea o no hermosa, quiero tenerla como nuera!" pues tiene un
hijo incomparable por su belleza, su inteligencia y su carácter."
El sufí dijo entonces:
"Somos gente pobre y esta mujer es rica. Semejante matrimonio sería como una puerta hecha mitad de madera y mitad de marfil. Ahora bien, un vestido hecho a medias de seda y de paño avergüenza a quien lo lleva."
"Es justamente lo que acabo de explicarle -dijo la mujer- pero me ha respondido que no le interesan los bienes ni la nobleza. No ambiciona acumular bienes en este bajo mundo. ¡Todo lo que desea es tratar con gente honrada!"
El sufí invocó otros argumentos, pero su mujer afirmó haberlos expuesto ya
a su visitante. A creerla, aquella señora no tomaba en cuenta su pobreza, aunque ésta fuese extremada. Finalmente, dijo a su marido:
"Lo que busca en nosotros es la honradez."
El sufí añadió:
"¿No ve nuestra casa, tan pequeña que no podría esconderse en ella ni una
aguja? En cuanto a nuestra dignidad y nuestra honradez, es imposible ocultarlas pues todo el mundo está al corriente. ¡Tiene, pues, que suponer que nuestra hija no tiene dote!"
Te cuento esta historia para que dejes de argumentar. Pues nosotros conocemos tus vergonzosas actividades. Tu creencia y tu fe se parecen, hasta
confundir a cualquiera, a los discursos de esta mujer. Eres un mentiroso y un
traidor como la mujer de este sufí. Te avergüenzas incluso ante gente que no

tiene rostro limpio. ¿Por qué no habrías de avergonzarte, por una vez, ante Dios?

miércoles, 29 de noviembre de 2017

LA QUEJA- Cuento Sufí

Un día, la mujer de un pobre beduino dijo agriamente a su marido:
"padecemos sin cesar pobreza y necesidad. La pena es nuestro legado,
mientras que el placer es el de los demás. No tenemos agua, sino sólo lágrimas.
La luz del sol es nuestro único vestido y el cielo nos sirve de edredón. A veces
llego a tomar la luna llena por un trozo de pan. Incluso los pobres se avergüenzan ante nuestra pobreza. Cuando tenemos invitados, siento deseos de robarles sus vestidos mientras duermen."
Su marido le respondió:
"¿Hasta cuándo vas a seguir quejándote? Ya ha pasado más de la mitad de
tu vida. La gente sensata no se preocupa de la necesidad ni de la riqueza, pues
ambas pasan como el río. En este universo, hay muchas criaturas que viven sin
preocuparse por su subsistencia. El mosquito, como el elefante, forma parte de la familia de Dios. Todo eso no es más que preocupación inútil. Eres mi mujer y
una pareja debe estar conjuntada. Puesto que yo estoy satisfecho, ¿por qué estás tú tan quejosa?"
La mujer se puso a gritar:
"¡Oh, tú, que pretendes ser honrado! Tus idioteces ya no me impresionan.
No eres más que pretensión. ¿Vas a seguir mucho tiempo profiriendo tales
insensateces? Mírate: la pretensión es algo feo, pero en un pobre es aún peor. Tu casa parece una tela de araña. Mientras sigas cazando mosquitos en la tela de tu pobreza, nunca serás admitido cerca del sultán y de los beyes."
El hombre replicó:
"Los bienes son como un sombrero en la cabeza. Sólo los calvos lo
necesitan. ¡Pero los que tienen un hermoso pelo rizado pueden muy bien
prescindir de él!"
Viendo que su marido se encolerizaba, la mujer se puso a llorar, pues las
lágrimas son las mejores redes femeninas. Empezó a hablarle con modestia:
"Yo no soy tu mujer; no soy más que la tierra bajo tus pies. Todo lo que
tengo, es decir, mi alma y mi cuerpo, todo te pertenece. Si he perdido la
paciencia sobre nuestra pobreza, si me lamento, no creas que es por mí. ¡Es por ti!”
Aunque, aparentemente, los hombres vencen a las mujeres, en realidad,
son ellos, sin duda alguna, los vencidos. Es como con el agua y el fuego, pues el fuego acaba siempre por evaporar el agua."
Al oír estas palabras, el marido se excusó ante su mujer y dijo:
"Renuncio a contradecirte. Dime qué quieres."
La mujer le dijo:
"Acaba de amanecer un nuevo sol. Es el califa de la ciudad de Bagdad.
Gracias a él, esta ciudad se ha convertido en un lugar primaveral. Si llegaras
hasta él, es posible que, también tú, te convirtieras en sultán."
El beduino exclamó:
"pero ¿con qué pretexto podría yo presentarme ante el califa? ¡No puede
hacerse una obra de arte sin herramientas!"
Su mujer le dijo:
"Sabe que las herramientas son signo de presunción. En esto, sólo necesitas
tu modestia."
El beduino dijo:
"Necesito algo para atestiguar mi pobreza, pues las palabras no bastan."
La mujer:
"Aquí tienes una cántara llena con agua del pozo. Es todo nuestro tesoro.
Tómala y ve a ofrecerla al sultán, y dile que no posees otra cosa. Dile, además
que puede recibir muchos regalos, pero que esta agua, por su pureza, le
reconfortará el alma."
El beduino quedó seducido por esta idea:
"¡Un regalo así, ningún otro puede ofrecerlo!"
Su mujer que no conocía la ciudad ignoraba que el Tíber pasaba ante el
palacio del sultán. El beduino dijo a su mujer:
"¡Tapa esta cántara para que el sultán rompa su ayuno con esta agua!"
Y acompañado por las plegarias de su mujer, el hombre llegó sano y salvo a
la ciudad del califa. Vio a muchos indigentes que recibían los favores del sultán.
Se presentó en el palacio. Los servidores del sultán le preguntaron si había
tenido un buen viaje y el beduino explicó que era muy pobre y que había hecho
aquel viaje con la esperanza de obtener los favores del sultán. Lo admitieron,
pues, en la corte del califa y llevó la cántara ante este último.
Cuando lo hubo escuchado, el califa ordenó que llenasen de oro su cántara.
Hizo que le entregaran preciosos vestidos. Después pidió a un servidor suyo que lo condujese a la orilla del Tíber y lo embarcase en un navío.
"Este hombre, dijo, ha viajado por la ruta del desierto. Por el río, el camino
de vuelta será más corto."
Pues, aun cuando poseía un océano, el sultán aceptó unas gotas de agua
para transformarlas en oro.
El que advierte un arroyuelo del océano de la verdad, debe primero romper

su cántara.

lunes, 27 de noviembre de 2017

EL BORRACHO - Cuento Sufí

Un transeúnte encontró en plena noche a un borracho dormido junto a una
pared. Lo sacudió y le dijo:
"¡Oh, borracho! ¿Qué has bebido para verte en este estado?"
El otro respondió:
"¡He bebido lo que había en esta cántara!"
- ¿Y qué había en esa cántara? - ¡Lo que he bebido!
-Pero eso es justamente lo que te pregunto: ¿Qué has bebido? - ¡Lo que había en esta cántara!
- ¡Escucha! dijo el transeúnte, ¡levántate y ven conmigo! ¡Te llevo a la cárcel
porque estás borracho!
- ¡Déjame ya tranquilo!
- ¡Vamos, levántate y sígueme a la cárcel!
Entonces el borracho exclamó:
"¡Pero, bueno, si tuviera fuerza para andar, volvería a mi casa!"

jueves, 23 de noviembre de 2017

LA HERMOSA SIRVIENTA - Cuento Sufí

Érase una vez un sultán, dueño de la fe y del mundo. Habiendo salido de
caza, se alejó de su palacio y, en su camino, se cruzó con una joven esclava. En un instante él mismo se convirtió en esclavo. Compró a aquella sirvienta y la
condujo a su palacio para decorar su dormitorio con aquella belleza. Pero, enseguida, la sirvienta cayó enferma.
¡Siempre pasa lo mismo! Se encuentra la cántara, pero no hay agua. Y
cuando se encuentra agua, ¡la cántara está rota! Cuando se encuentra un asno, es imposible encontrar una silla. Cuando por fin se encuentra la silla, el asno ha sido devorado por el lobo.
El sultán reunió a todos sus médicos y les dijo:
"Estoy triste, sólo ella podrá poner remedio a mi pena. Aquel de vosotros
que logre curar al alma de mi alma, podrá participar de mis tesoros."
Los médicos le respondieron:
"Te prometemos hacer lo necesario. Cada uno de nosotros es como el
mesías de este mundo. Conocemos el bálsamo que conviene a las heridas del
corazón."
Al decir esto, los médicos habían menospreciado la voluntad divina. Pues
olvidar decir "¡Insh Allah!" hace al hombre impotente. Los médicos ensayaron
numerosas terapias, pero ninguna fue eficaz. La hermosa sirvienta se
desmejoraba cada día un poco más y las lágrimas del sultán se transformaban en arroyo.
Todos los remedios ensayados daban el resultado inverso del efecto
previsto. El sultán, al comprobar la impotencia de sus médicos, se trasladó a la
mezquita. Se prosternó ante el Mihrab e inundó el suelo con sus lágrimas. Dio
gracias a Dios y le dijo:
"Tú has atendido siempre a mis necesidades y yo he cometido el error de
dirigirme a alguien distinto a ti. ¡Perdóname!" Esta sincera plegaria hizo desbordarse el océano de los favores divinos, y el sultán, con los ojos llenos de lágrimas, cayó en un profundo sueño. En su sueño, vio a un anciano que le decía:
"¡Oh, sultán! ¡Tus ruegos han sido escuchados! Mañana recibirás la visita
de un extranjero. Es un hombre justo y digno de confianza. Es también un buen
médico. Hay sabiduría en sus remedios y su sabiduría procede del poder de Dios."
Al despertar, el sultán se sintió colmado de alegría y se instaló en su ventana para esperar el momento en el que se realizaría su sueño. Pronto vio llegar a un hombre deslumbrante como el sol en la sombra.
Era, desde luego, el rostro con el que había soñado. Acogió al extranjero
como a un visir y dos océanos de amor se reunieron. El anfitrión y su huésped se hicieron amigos y el sultán dijo:
"Mi verdadera amada eras tú y no está sirvienta. En este bajo mundo, hay
que acometer una empresa para que se realice otra. ¡Soy tu servidor!"
Se abrazaron y el sultán añadió:
"¡La belleza de tu rostro es una respuesta a cualquier pregunta!". Mientras le contaba su historia, acompañó al sabio anciano junto a la sirvienta enferma. El anciano observó su tez, le tomó el pulso y descubrió todos los síntomas de la enfermedad. Después, dijo:
"Los médicos que te han cuidado no han hecho sino agravar tu estado, pues
no han estudiado tu corazón." No tardó en descubrir la causa de la enfermedad, pero no dijo una palabra de ella. Los males del corazón son tan evidentes como los de la vesícula. Cuando la leña arde, se percibe. Y nuestro médico comprendió rápidamente que no era el cuerpo de la sirvienta el afectado, sino su corazón.
Pero, cualquiera que sea el medio por el cual se intenta describir el estado
de un enamorado, se encuentra uno tan desprovisto de palabras como si fuera
mudo. ¡Sí! Nuestra lengua es muy hábil en hacer comentarios, pero el amor sin
comentarios es aún más hermoso. En su ambición por describir el amor la razón se encuentra como un asno tendido cuan largo es sobre el lodo. Pues el testigo del sol es el mismo sol.
El sabio anciano pidió al sultán que hiciera salir a todos los ocupantes del
palacio, extraños o amigos.
"Quiero, dijo, que nadie pueda escuchar a las puertas, pues tengo unas
preguntas que hacer a la enferma."
La sirvienta y el anciano se quedaron, pues, solos en el palacio del sultán.
El anciano empezó entonces a interrogarla con mucha dulzura:
"¿De dónde vienes? Tú no debes ignorar que cada región tiene métodos
curativos propios. ¿Te quedan parientes en tu país? ¿Vecinos? ¿Gente a la que amas?"
Y, mientras le hacía preguntas sobre su pasado, seguía tomándole el pulso.
Si alguien se ha clavado una espina en el pie lo apoya en su rodilla e intenta sacársela por todos los medios. Si una espina en el pie causa tanto sufrimiento, ¡qué decir de una espina en el corazón! Si llega a clavarse una espina bajo la cola de un asno, éste se pone a rebuznar creyendo que sus voces van a quitarle la espina, cuando lo que hace falta es un hombre inteligente que lo alivie.

Así nuestro competente médico prestaba gran atención al pulso de la enferma en cada una de las preguntas que le hacía. Le preguntó cuáles eran las ciudades en las que había estado al dejar su país, cuáles eran las personas con quienes vivía y comía. El pulso permaneció invariable hasta el momento en que mencionó la ciudad de Samarcanda. Comprobó una repentina aceleración. Las mejillas de la enferma, que hasta entonces eran muy pálidas, empezaron a
ruborizarse. La sirvienta le reveló entonces que la causa de sus tormentos era un joyero de Samarcanda que vivía en su barrio cuando ella había estado en aquella ciudad.
El médico le dijo entonces:
"No te inquietes más, he comprendido la razón de tu enfermedad y tengo lo que necesitas para curarte. ¡Que tu corazón enfermo recobre la alegría! Pero no reveles a nadie tu secreto, ni siquiera al sultán." Después fue a reunirse con el sultán, le expuso la situación y le dijo:
"Es preciso que hagamos venir a esa persona, que la invites personalmente.
No hay duda de que estará encantado con tal invitación, sobre todo si le envías
como regalo unos vestidos adornados con oro y plata." El sultán se apresuró a enviar a algunos de sus servidores como mensajeros ante el joyero de Samarcanda. Cuando llegaron a su destino, fueron a ver al joyero y le dijeron:
"¡Oh, hombre de talento! ¡Tu nombre es célebre en todas partes! Y nuestro
sultán desea confiarte el puesto de joyero de su palacio. Te envía unos vestidos, oro y plata. Si vienes, serás su protegido." A la vista de los presentes que se le hacían, el joyero, sin sombra de duda, tomó el camino del palacio con el corazón henchido de gozo. Dejó su país, abandonando a sus hijos, y a su familia, soñando con riquezas. Pero el ángel de la muerte le decía al oído:
"¡Vaya! ¿Crees acaso poder llevarte al más allá aquello con lo que sueñas?"
A su llegada, el joyero fue presentado al sultán. Este lo honró mucho y le confió la custodia de todos sus tesoros. El anciano médico pidió entonces al sultán que uniera al joyero con la hermosa sirvienta para que el fuego de su nostalgia se apagase por el agua de la unión.
Durante seis meses, el joyero y la hermosa sirvienta vivieron en el placer y
en el gozo. La enferma sanaba y se volvía cada vez más hermosa.
Un día, el médico preparó una cocción para que el joyero enfermase. Y, bajo el efecto de su enfermedad, este último perdió toda su belleza. Sus mejillas
palidecieron y el corazón de la hermosa sirvienta se enfrió en su relación con él. Su amor por él disminuyó así hasta desaparecer completamente. Cuando el amor depende de los colores o de los perfumes, no es amor es una vergüenza. Sus más hermosas plumas, para el pavo real, son enemigas. El
zorro que va desprevenido pierde la vida a causa de su cola. El elefante pierde la suya por un poco de marfil.
El joyero decía:
"Un cazador ha hecho correr mi sangre, como si yo fuese una gacela y él

quisiera apoderarse de mi almizcle. Que el que ha hecho eso no crea que no me vengaré." Rindió el alma y la sirvienta quedó libre de los tormentos del amor. Pero el amor a lo efímero no es amor.

lunes, 20 de noviembre de 2017

El cantero

Había una vez un cantero que estaba insatisfecho consigo mismo y con su posición en la vida. Un día pasó por la casa de un rico mercader. A través de la verja abierta, vio muchas hermosas pertenencias e importantes visitantes” ¡cuán poderoso debe ser este mercader!”, pensó el cantero.
Se volvió muy envidioso y deseó poder ser como el mercader.

Para su sorpresa, se vio de repente convertido en el mercader, disfrutando más lujos y poder que nunca hubiera imaginado, pero envidiado y detestado por aquellos menos ricos que él mismo. Pronto, pasó un funcionario de alto rango, llevado en una silla, acompañado por sirvientes y escoltado por soldados batiendo gongs. “Cuán poderoso es este funcionario” pensó, “quisiera ser un oficial de alto rango”. 
Entonces se vio convertido en el oficial, llevado en volandas a todas partes, temido y odiado por todo el mundo que le rodeaba. Era un caluroso día de verano, así que el oficial se sintió incómodo y la silla se volvía pegajosa. Miró arriba al sol. Brillaba orgullosamente en el cielo, sin ser afectado por nada. “Cuán poderoso es el sol” pensó. “Quisiera ser el Sol”. Entonces se vio convertido en el Sol, brillando con fuerza, secando los campos, maldecido por los granjeros y obreros. 
Pero una gigantesca nube se interpuso entre él y la tierra, impidiendo que sus rayos llegaran más abajo. “Cuán poderosa es esta nube”, pensó,” Quisiera ser una nube” Entonces se convirtió en la nube, inundando los campos y los pueblos, odiada por todos los que se encontraban bajo ella. 
Entonces se dio cuenta que era arrastrado por el viento “Cuán poderoso es el viento” pensó, “quisiera ser el viento”
Entonces se convirtió en el viento, levantando las tejas de las casas, arrancando árboles y odiado por todos. Pero tras un rato, se encontró con algo que no podía mover, por mucho que soplara contra ella: una inmensa, poderosa roca, más poderosa que cualquier otra cosa sobre la faz de la tierra.
“Cuán poderosa es esta roca” pensó, “quisiera ser esta roca”. Entonces se convirtió en la roca, más poderosa que cualquier otra cosa sobre la tierra. Pero mientras que permanecía allí, oyó el sonido de un martillo golpeando un cincel sobre una superficie dura, y sintió que estaba cambiando.
“¿Que puede ser más fuerte que yo, la roca?” pensó.

Miró hacia abajo y vio la figura de un cantero.