jueves, 20 de marzo de 2025

El anillo encantado - Cuentos de la India (2)

Lo cogió fuertemente y le pidió una casa. Al momento apareció una maravillosa casita, con una no menos maravillosa princesa de cabellos de oro, dientes de perlas y labios de rubíes. El joven habló entonces al tazón e inmediatamente aparecieron fuentes de la más deliciosa comida.

Locamente enamorado de la princesa, el hijo del comerciante se casó con ella y durante varios años fueron muy felices. Sin embargo, un día, mientras la princesa se peinaba, metió algunos de los cabellos que le cayeron, en una cajita de nácar, que pensaba tirar al río. Dio la casualidad de que esta cajita llegó a manos de un príncipe que vivía a muchas leguas de distancia, río abajo, quien curioso por ver lo que contenía, la abrió, quedando al momento enamorado de la mujer que tenía aquellos cabellos.

No la había visto nunca, pero se imaginaba que debía de ser muy hermosa.

Loco de amor, el príncipe se encerró en sus habitaciones y no quiso salir de ellas para comer ni beber; tampoco quiso dormir, y el Rajá, su padre, intranquilo por lo que le ocurría, no supo qué hacer. Su mayor temor era que su hijo muriese, dejándole sin herederos. Al fin decidió pedir ayuda a su tía, que era una maga muy famosa.

La vieja consintió en ayudarle, asegurando que descubriría el motivo de la tristeza de su hijo. Cuando se enteró de lo que le ocurría al príncipe, se transformó en una abeja y después de husmear los cabellos de oro, se fue río arriba, siguiendo el rastro hasta llegar a la casa de la hermosísima princesa. Allí se transformó en una noble dama y se presentó a la princesa, diciendo:

- Soy tu tía; me marché de aquí cuando tú acababas de nacer, y por eso no me reconoces.

Después de esto, abrazó y besó a la hermosa joven, quien quedó convencida de que aquella mujer era en realidad su tía.

- Quedaos tantos días como queráis. Esta casa es vuestra y yo soy vuestra servidora.

La hechicera sonrió complacida, diciéndose:

"La he engañado. Pronto haré de ella lo que quiera."

Al cabo de tres días, empezó a hablar del anillo mágico, aconsejando a la princesa que se lo pidiera a su marido, ya que éste estaba siempre de caza y podría perderlo. La princesa siguió la indicación de la que ella creía su tía y pidió el anillo, que su marido le entregó al momento.

La hechicera aguardó un día más antes de pedir ver la maravillosa joya.

Sin sospechar nada, la princesa se la entregó. La maga transformándose inmediatamente en abeja y con el anillo voló hasta el palacio del príncipe, a quien dijo:

- Levántate y no llores más. La mujer de quien te has enamorado aparecerá ante ti tan pronto como quieras -y al decir esto entregó el anillo que quitara a la princesa.

Loco de alegría, el príncipe cogió el anillo y le pidió que trajese ante él a la princesa. Sonó un trueno y la casa, con su bellísima ocupante, descendió en el jardín del palacio.

El joven entró en la casa y cayendo de rodillas ante la princesa de los cabellos de oro, le pidió que consintiese en ser su esposa. La princesa, viendo que no había ningún medio para huir, accedió a lo que se le pedía, poniendo, no obstante, la condición de que el príncipe aguardaría un mes.


martes, 18 de marzo de 2025

El anillo encantado - Cuentos de la India (1)

Un mercader entregó trescientas rupias a un hijo suyo y le dijo que se trasladará a otro país y probará allí fortuna en el comercio.

El hijo obedeció y a las pocas horas de haberse puesto en camino, llegó junto a un grupo de hombres que se peleaban por un perro que uno de ellos quería matar.

- Por favor, no maten al perro -dijo el joven. - Les daré cien rupias por él.

La oferta fue aceptada enseguida y el alocado joven recibió el perro, con el cual continuó su camino. Poco después tropezó con unos hombres que se disponían a matar un gato.

- No lo maten -les pidió. - Les daré cien rupias por él.

El cambio fue aceptado enseguida y el joven recibió el gato a cambio de su oro. Siguió adelante con los dos animales hasta llegar a un grupo de personas que se preparaban para matar a una serpiente.

- No maten a esa serpiente -suplicó el hijo del comerciante. - Les daré cien rupias por ella.

Desde fuego, los campesinos no se hicieron repetir la oferta, y el joven se vio dueño de tres animales, con los cuales no sabía qué hacer. Como no le quedaba ni un céntimo, resolvió volver a casa de su padre, quien al ver cómo había gastado su hijo el dinero que le entregara, exclamó:

- ¡Loco, más que loco! Ve a vivir a un establo para que te arrepientas de lo que has hecho. Nunca más entrarás en mi casa.

El joven lo hizo así. Su lecho era la hierba cortada para el ganado y sus compañeros eran el perro, el gato y la serpiente, que tan caros había comprado. Los tres animales le querían con locura y no se apartaban de él ni un segundo. De noche dormían el perro a su cabeza, el gato a sus pies y la serpiente sobre su pecho.

Un día la serpiente dijo a su amo:

- Soy la hija del Rey de las serpientes. Un día que salí de la tierra a respirar el aire puro, fui cogida por aquellos hombres que querían matarme, y tú me salvaste. No sé cómo podré pagarte tu bondad. ¡Ojalá conocieras a mi padre; tendría una gran alegría en conocer al salvador de su hija!

- ¿Dónde vive? -preguntó el hijo del Mercader. Me gustaría verle.

- Podríamos ir los dos -replicó la serpiente. - En el fondo de la montaña que se ve allá a lo lejos, hay un pozo sagrado. Saltando dentro de él, se llega al país de mi padre. ¡Si vamos se pondrá muy contento y te premiará!... -La serpiente pareció reflexionar un instante. - Pero ¿cómo te premiará? - preguntó.

¡Ah, sí! Óyeme bien. Si te pregunta qué deseas como premio por haberme salvado, dile que quisieras el anillo mágico y el famoso tazón y la cuchara encantados. Con esas dos cosas no necesitarías nunca nada, pues el anillo tiene una propiedad tal, que con sólo pedírselo entrega enseguida una hermosa casa amueblada con todo el lujo posible; y el tazón y la cuchara con tanta comida como se desee.

Acompañado por sus tres amigos, el joven fue al pozo y se dispuso a saltar dentro.

Al ver lo que iba a hacer, el perro y el gato le dijeron:

- ¿Qué vamos a hacer sin ti? ¿Dónde iremos? -Esperadme aquí. No voy lejos, y por lo tanto, no tardaré. - Y al decir esto, el joven saltó al agua y desapareció de la vista de los dos animalitos.

- ¿Qué haremos? -preguntó el perro.

- Quedémonos aquí -replicó el gato. - Debemos obedecer a nuestro amo. No te preocupes por la comida, pues yo iré al pueblo y traeré cuanta podamos necesitar.

Y así lo hizo, y durante el tiempo que tardó en volver su amo, a los dos animalitos no les faltó nada en absoluto.

El joven y la serpiente llegaron a su destino en completa salud y fueron despachados mensajeros que anunciaron al Rey su llegada. El soberano ordenó que su hija y el forastero aparecieran ante él. Pero la serpiente se negó, diciendo que no podía hacerlo hasta ser puesta en libertad por el forastero, cuya esclava era desde el momento en que la salvó de una muerte horrible.

Al oír esto, el Rey fue al encuentro de su hija y del joven, a quien saludó, ofreciéndole cuanto contenía el palacio. El hijo del comerciante agradeció las finezas del rey y pasó varios días en su compañía. Al marcharse lo hizo con el anillo mágico y el tazón encantado.

Cuando salió del pozo sintió una gran alegría al encontrar a su perro y a su gato, quienes le contaron sus aventuras y escucharon asombrados el relato de su amo. Juntos, los tres pasearon por la orilla del rio y al llegar a un paraje muy hermoso, el joven decidió comprobar la eficacia del anillo.


sábado, 15 de marzo de 2025

El tigre, el bracmán y el chacal - Cuentos de la India y (2)

 Regresaron, pues, junto a la trampa en donde el tigre esperaba el regreso del brahmán.

- Has tardado mucho -le reconvino. - Pero, en fin, te perdono. Disponte a servirme de cena.

- Dadme unos minutos -pidió el brahmán. - Quisiera explicar al chacal cómo ha ocurrido la cosa. Es un poco duro de cabeza y no me ha entendido bien.

El tigre consintió en ello y el brahmán empezó de nuevo la historia, sin omitir detalle alguno.

- ¡Qué cabeza la mía! -dijo el chacal, apretándose las sienes. - Repetid otra vez ese cuento. Vos estabais en la trampa, y en esto aparece el tigre...

- ¡Idiota! exclamó el tigre. - Yo era quien estaba dentro de la trampa.

- ¡Sí, sí, claro, ya comprendo! Yo estaba dentro de la trampa y... -el chacal se apretó de nuevo las sienes. - ¡No, no era yo! ¡No sé cómo tengo el

cerebro! El tigre había caído dentro del brahmán y llegó la jaula... ¡No, tampoco es esto!

- ¡Claro que no! -rugió el tigre, enfadado por la estupidez del chacal. - Te lo

voy a explicar gráficamente, con detalles. Yo soy el tigre, ¿me entiendes?

- Sí, señor tigre.

- Este es el brahmán.

- Sí, señor tigre,

- Yo estaba dentro de la trampa. Yo, ¿entiendes?

- Sí... No... no le entiendo mucho, ¿podría...?

- ¿Qué? -aulló impaciente el tigre.

- ¿Podría explicarme cómo cayó en la trampa?

- ¿Cómo? Pues como se cae en una trampa.

- No, no, así no nos entenderemos. La cabeza vuelve a darme vueltas.

¿Cuál es la manera de caer dentro de una trampa?

Al oír esto el tigre agotó la paciencia y saltando dentro de la trampa gritó:

- ¡Esta! ¿Has entendido ahora cómo es?

- Perfectamente -sonrió el chacal, y cerrando diestramente la puerta, añadió:

- Con vuestro permiso, señor tigre, os diré que ahora las cosas quedan como antes y podréis reflexionar acerca de la conveniencia de cumplir la palabra que se da.


jueves, 13 de marzo de 2025

El tigre, el bracmán y el chacal - Cuentos de la India (1)

Hubo una vez un tigre que cayó en una trampa. En vano trató de salir por entre los barrotes; tuvo que darse por vencido y lo proclamó con fuertes rugidos.

Por casualidad un brahmán pasaba por allí y al verle el tigre le dijo:

- Por favor, venerable santo, ayúdame a salir.

- De ninguna manera, amigo mío -replicó el brahmán. - Si lo hiciese me devorarías.

- No lo haré -aseguró el tigre. - Al contrario, te quedará eternamente agradecido y seré tu esclavo. 

Tantas fueron las lágrimas que vertió el tigre, que el santo hombre se compadeció de su infortunio y consintió en abrir la trampa.

Libre, el tigre saltó sobre el brahmán, y le dijo:

- ¡Qué estúpido has sido! ¿Quién puede impedirme devorarte en un momento? He estado encerrado mucho tiempo y me muero de hambre.

En vano intentó el brahmán convencerle de lo injusto de su sentencia; la única cosa que logró fue que el juez se atuviera al juicio de las tres primeras cosas a quienes el brahmán interrogara. Si éstas decidían que la condena era injusta, el tigre no lo devoraría.

El brahmán interrogó primero a una acacia, pero el árbol le contestó fríamente:

- ¿De qué te quejas? ¿No doy yo sombra a los cansados pastores y sin embargo ellos arrancan mis ramas para alimentar el ganado? No llores; sé hombre.

El brahmán siguió su camino hasta encontrar un cebú que hacía girar una noria. Sin embargo, la respuesta que obtuvo no fue mejor que la anterior.

- ¡Eres un imbécil si confías en la gratitud! ¡Fíjate en mí! Mientras he dado leche me han alimentado a cuerpo de rey, pero ahora que ya no sirvo para ello, me atan a esta noria que terminará conmigo.

El brahmán reanudó la marcha por la carretera, a la cual preguntó su opinión acerca del caso.

- Lo encuentro muy natural, santo padre -replicó la carretera. - Lo que no encuentro natural es que vos, esperaseis otro pago. ¡Fijaos en mí! Soy útil a todos, ricos y pobres, grandes y pequeños, y ¿qué obtengo de ello? Que me abran profundos surcos en mi carne y me tiren los residuos de sus comidas.

El brahmán, abatido, apartóse del camino. En esto tropezó con un chacal que le preguntó:

- ¿Qué os ocurre, santo brahmán? Parecéis como un pez fuera del agua.

El brahmán explicó al chacal lo que le ocurría.

- ¡Qué historia tan enredada! -exclamó el chacal. - ¿Queréis repetírmela de nuevo, a fin de que me haga cargo de todo lo que ha pasado?

El brahmán repitió su historia, pero el chacal movió la cabeza indicando que no entendía aún.

- Es muy extraño -murmuró, - pero me da la impresión de que me entra por un oído y me sale por otro. Será mejor que vayamos al sitio donde ha ocurrido eso y así, tal vez, pueda entenderlo mejor.


martes, 11 de marzo de 2025

La hermosa Laili - Cuentos de la India y (3)

Los soldados condujeron a Laili a presencia del Rajá, a quien dijo:

- He venido a casarme contigo. Hace veinticuatro años fuiste a cazar a las tierras de mi padre, el Rajá de Falana. Entonces quise casarme contigo, pero te marchaste antes de que pudiera decírtelo y desde entonces te he buscado por toda la India.

- Perfectamente -replicó el Rajá. - Nos casaremos cuando tú quieras.

- Antes es necesario que pidas a Kuda que nos vuelva otra vez jóvenes.

El soberano rogó a Kuda que devolviese la juventud que él y la princesa habían perdido, y Kuda, le susurró al oído:

- Toca las ropas de Laili y arderán. Cuando se apaguen las llamas, ella y tú seréis de nuevo jóvenes.

Así ocurrió y durante varias semanas el reino celebró grandes festejos en señal de alegría por el casamiento de su soberano con la hermosa princesa Laili.

Al cabo de un tiempo de casados, el Rajá y Laili se trasladaron al reino de Falana, a visitar a los padres de la princesa. Estos, habían llorado tanto la pérdida de su hija que estaban ciegos, pero Kuda, accediendo a los ruegos de Laili, les devolvió la vista.

Para celebrar este acontecimiento hubo numerosos festejos en el reino, y los esposos permanecieron allí durante tres años.

Transcurrido este tiempo se despidieron del Rajá Munsuk y regresaron al reino de Maxnun.

De cuando en cuando, los esposos solían a cazar, y un día el Rajá quiso entrar en una selva muy espesa.

- No entremos -le dijo Laili. - Tengo el presentimiento de que en esta selva puede ocurrirnos algo malo.

Maxnun se rió de los temores de su esposa y la hizo entrar en la selva.

Kuda que les observaba desde el cielo se dijo:

- Me gustaría saber cuánto quiere Maxnun a Laili. ¿Se sentirá muy desolado si muriese? ¿Volvería a casarse? Voy a verlo.

Llamando a uno de sus ángeles le ordenó que descendiera a la selva adoptando la forma de un faquir. El ángel lo hizo así, y al llegar encima de la princesa, tiró unos polvos mágicos, y Laili cayó al suelo convertida en un montón de pavesas.

El Rajá Maxnun lloró copiosamente al ver a su amada Laili convertida en cenizas, y lanzando grandes sollozos regresó a su palacio, del cual no salió en muchos años.

Al fin, el dolor fue menguando, y de nuevo reanudó sus paseos con su amigo Husain. Los cortesanos le aconsejaron que volviera a casarse, pero el Rajá se negó.

- Mi esposa sólo será Laili -contestó firmemente.

- Pero ¿cómo puedes casarte con Laili, si está muerta? -le preguntó Husain. - Ella no puede volver a ti.

- Entonces no tendré otra esposa.

Al pronunciar el Rajá estas palabras, sonó un trueno y de un rosal próximo cayó una rosa al suelo. Una nubecilla de humo brotó de la flor, y al disiparse, apareció más bella que nunca la princesa Laili.

Maxnun se arrodilló ante ella y derramando abundantes lágrimas, le juró que nunca más dejaría de seguir su consejo.

Y cuentan las crónicas del país, que los dos soberanos reinaron más de cien años, sin que ninguno de ellos envejeciera nunca.

El día en que cumplía el siglo de su reinado, Maxnun y Laili, salieron al mirador de su palacio y en aquel momento sonó un trueno lejano y el cielo se oscureció unos segundos. Cuando volvió a hacerse la luz, los esposos habían desaparecido, y cuando los cortesanos salieron al mirador en su busca, vieron sorprendidos que de las losas de mármol habían brotado toda clase de rosas.

Y aunque jamás se regaron, aquellos rosales siguieron viviendo en el mármol y fuera verano o invierno, siempre tenían rosas.

Cuentan los palaciegos que cada vez que se cumple un nuevo centenario de la desaparición de los reyes, las rosas se agitan, aunque no haga viento, y en el mirador se oye una voz femenina que dice:

- Maxnun, Maxnun.

Y una voz de hombre replica:

- Laili, Laili.


sábado, 8 de marzo de 2025

La hermosa Laili - Cuentos de la India (2)

Al oír dentro de su estómago estas palabras, Roú llevóse un susto enorme, y queriendo huir de la extraña cosa, metióse dentro del río y nadó, nadó, durante doce años hasta que ya no pudo más, que fue al llegar al reino de Falana.

Un chacal que tomaba el sol junto al río quedó muy asombrado al oír al pez gritar:

- Maxnun, Maxnun; quiero casarme con Maxnun.

- ¿Qué te ocurre, Roú? -preguntó.

- No lo sé -replicó con lágrimas en los ojos el pez. - Tengo algo dentro de micuerpo que me hace hablar como los humanos. ¿Quieres decirme qué es?

- Tendré que meterme dentro de tu cuerpo, pues desde fuera no puedoverlo.

- Métete -contestó Roú.- Quiero verme libre de una vez de esta molestia.

El pez abrió la boca todo lo que pudo, y el chacal metióse dentro de él. A los pocos minutos salió asustado, diciendo:

- Roú, tienes una bruja dentro del cuerpo. Me marcho porque tengo miedo de que me coma.

Tras el chacal llegó una enorme serpiente, que se detuvo ante el pez, al oírte decir:

- Maxnun, Maxnun; quiero casarme con Maxnun.

- ¿Qué significan esas voces? -preguntó.

- Por favor -suplicó Roú, - dime qué es lo que tengo dentro del estómago.

- Abre la boca y me meteré hasta tu estómago, y así descubriré este misterio.

El pez abrió de nuevo la boca, y la serpiente se deslizó hasta su estómago, de donde salió al momento, diciendo asustada:

- En el estómago tienes una bruja terrible, y si no la sacas pronto de tu cuerpo, acabará devorándote.

- Pero ¿cómo me desharé de ella? -contestó muy triste el pez.

- Hay un medio. Si quieres te abriré el vientre con un cuchillo y te sacaré ala bruja.

- Pero si haces eso me matarás.

- No lo creas, porque luego te daré una medicina y quedarás igual que antes.

Convencido por estas palabras, Roú consintió en que le abriesen el vientre, y la serpiente, armada de un cuchillo muy afilado, hizo un largo corte, por el cual salió Laili.

La princesa era ya muy vieja. Doce años había pasado en la selva virgen, y otros doce en el estómago de Roú; no era ya una belleza, y le faltaban todos los dientes.

La serpiente, entregó al pez una botella lleno de un líquido mágico, y tomando sobre sus lomos a la princesa, la condujo al palacio del Rajá Maxnun.

Unos soldados que le oyeron decir: "Maxnun; ¿dónde estás?", lepreguntaron qué buscaba.

- Quiero ver al Rajá -contestó la princesa.

Los soldados avisaron al Rajá, diciéndole:

- Una vieja muy vieja, quiere veros, Majestad.

- Hacedla pasar y que exponga sus deseos -contestó el soberano.


jueves, 6 de marzo de 2025

La hermosa Laili - Cuentos de la India (1)

Érase una vez un Rajá llamado Dantal, poseedor de montones de rupias, soldados, caballos y elefantes. Tenía también un hijo llamado el príncipe Maxnun, que era un jovencito de dientes como perlas, mejillas sonrosados, cabello color de fuego, labios como rubíes, y cutis como la nieve que cubre las cimas del Himalaya.

Al príncipe le gustaba mucho jugar con Husain, el hijo del Visir, y se pasaban los dos las tardes en los jardines del Palacio, que estaban llenos de árboles y flores. Con sus cuchillos de oro, los dos niños mondaban los frutos y se los comían. También iban los dos a estudiar a las órdenes del profesor que el Rajá había tomado para su hijo.

Un día, cuando los dos muchachos se hubieron convertido en hombres, el príncipe dijo a su padre:

- Husain y yo quisiéramos ir de caza.

El soberano no opuso el menor inconveniente, y los dos jóvenes mandaron preparar sus caballos y arreos de caza. El lugar que escogieron para cazar fue la región de Falana, más no obstante pasar el día entero en ella, sólo encontraron chacales y pájaros pequeños.

El Rajá de la región de Falana, se llamaba Munsuk, y tenía una hija de peregrina belleza, la princesa Laili. Esta princesa recibió una noche la visita de un ángel que le envió Kuda con la orden de que debía casarse con el príncipe Maxnun. Al despertarse, la princesa contó a sus padres la visión del ángel, pero el Rajá no prestó atención.

Desde aquella noche, Laili no dejaba de pronunciar el nombre del esposo que Kuda le destinaba.

- Maxnun, Maxnun; quiero casarme con Maxnun.

Hasta durante las comidas pronunciaba el nombre del Príncipe. Y a tal extremo llegó, que su padre, irritado, le preguntó un día.

- Pero ¿quién es ese Maxnun? ¿Quién ha oído hablar de él?

- Es el hombre con quien Kuda me ha ordenado que me case.

Pasaron los días y Maxnun y Husain llegaron a la región de Falana. La hermosa Laili, que había salido a respirar el puro aire del campo, y por casualidad encontróse detrás de los cazadores, iba murmurando como de costumbre:

- Quiero casarme con Maxnun; Maxnun, Maxnun. El príncipe oyó su nombre, y volviéndose preguntó:

- ¿Quién me llama?

Laili, le miró fijamente y al momento quedó locamente enamorada.

- Estoy segura de que ese es el príncipe Maxnun con quien tengo que casarme.

Sin esperar más, corrió a Palacio y le dijo a su padre que deseaba casarse con el príncipe Maxnun que había llegado al país.

- Muy bien -replicó el padre, - te casarás con él. Mañana le pediremos que acceda a ser tu esposo.

La princesa consintió en esperar, aunque estaba muy impaciente. Pero ocurrió que el príncipe y su amigo abandonaron aquella misma noche el reino de Falana, y cuando se enteró de ello la princesa, creyó enloquecer de dolor. Sin hacer caso de sus padres ni de sus servidores, corrió a la selva y se fue alejando, murmurando mientras caminaba:

- Maxnun, Maxnun; ¿dónde estáis?

Y así caminó durante doce años.

Al cabo de este tiempo encontró un faquir (en realidad era un ángel, pero la princesa lo ignoraba), que le preguntó:

- ¿Por qué vas diciendo "Maxnun, Maxnun; quiero casarme con Maxnun"?

- Soy la hija del Rajá de Falana, y quiero encontrar al príncipe Maxnun.

Dime dónde está su reino.

- No creo que jamás consigas llegar allí -replicó el faquir. - Ese reino está muy lejos y tendrás que cruzar infinidad de ríos.

Laili replicó que no le importaba, que su único deseo era llegar junto al príncipe Maxnun.

- Está bien -replicó el faquir. Cuando llegues al río Bagirati encontrarais un enorme pez que se llamó Roú. Pídele que te lleve al país del príncipe Maxnun.

La princesa llegó al río Bagirati y vio en efecto un enorme pez que se llamaba Roú. En aquel momento estaba bostezando y, sin vacilar un momento, Laili se lanzó dentro del cuerpo del pez. Mientras hacía esto iba murmurando:

- Maxnun, Maxnun; quiero casarme con Maxnun.