Un día, un cazador de serpientes salió de caza a las montañas.
Pretendía capturar la mayor de las serpientes. Pues bien, una violenta
tempestad de nieve se desencadenó en las alturas.
De pronto, nuestro cazador se quedó al acecho ante una enorme
serpiente.
Buscaba una serpiente, pero acababa de encontrar un dragón. Presa
de gran terror al principio, se dio cuenta enseguida de que el monstruo estaba
entumecido por el frío. Decidió, pues, llevarlo al pueblo para que la población pudiese admirarlo.
Ya de vuelta en el pueblo, proclamó:
"¡Acabo de capturar un dragón! ¡Me ha dado mucho trabajo,
pero, sin embargo, he conseguido matarlo!"
El cazador creía realmente muerta la serpiente, cuando sólo
estaba adormecida por el frío. La multitud acudió para admirar el dragón
mientras que el cazador contaba las peripecias imaginarias de esta captura. La
gente, llena de curiosidad, no dejaba de agruparse y esperaba que el cazador
alzase la manta bajo la cual había disimulado el animal. El cazador, por su
parte, esperaba sacar un buen provecho de aquel público, pero el tiempo que
pasaba y el calor acabaron por sacar a la serpiente de su sopor...
Cuando la multitud vio que aquella serpiente, supuestamente
muerta, aún se movía, huyó gritando de horror. La gente se atropellaba para
escapar más aprisa. En cuanto a la serpiente, se tragó de un solo bocado al
cazador triturándole los huesos.
Las privaciones transforman a una serpiente en un gusano. La
abundancia transforma al mosquito en halcón. ¡Anda! Mejor deja al dragón
sepultado en la nieve. No lo expongas al sol. Desconfía del sol del deseo
porque puede transformar al búho en halcón.
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