A
mi entender, todos nuestros problemas, todo nuestro sufrimiento y nuestros conflictos,
tanto personales como globales, se derivan de un problema básico: la ignorancia
de quiénes somos realmente. Hemos olvidado que somos inseparables de la vida y,
como consecuencia, hemos empezado a temerla, y ese miedo nos ha hecho entrar en
guerra con ella de maneras diversas. Hemos empleado nuestros pensamientos, nuestros
sentimientos, nuestras emociones y nuestros cuerpos para combatir lo único
real, que es el momento presente. Y al intentar protegernos del dolor, el
miedo, la tristeza, el malestar, el fracaso..., de todas aquellas partes de la
vida que se nos ha condicionado a creer que son malas, negativas, tétricas o
peligrosas, hemos dejado de estar verdaderamente vivos.
La
armadura que nos hemos puesto para protegernos de una plena experiencia de la
vida se llama «yo individual»; pero en realidad no nos protege de nada, solo
nos mantiene cómodamente anestesiados.
El
despertar espiritual —el darnos cuenta de que no somos quienes creemos ser — es
la respuesta a este problema básico de la humanidad. Hoy en día existen innumerables
libros sobre el tema, y al parecer se descubren constantemente enseñanzas antiguas
a las que hasta hace muy poco solo había tenido acceso una minoría selecta.
Pero
cuidado, porque también aquí hay trampa: la espiritualidad puede convertirse fácilmente
en una capa más de nuestra armadura y, en vez de favorecer nuestra apertura a la
vida, desconectarnos todavía más. Muchos conceptos y tópicos espirituales como
«el yo no existe», «este no es mi cuerpo» o «la dualidad es pura ilusión»
pueden no ser más que nuevas creencias a las que aferramos, nuevas maneras de
eludir la vida y apartarnos del mundo que acaben generando un sufrimiento aún
mayor, a nosotros y a nuestros seres queridos.
El
despertar espiritual no tiene nada que ver con que estés más protegido; tiene
que ver con que te des cuenta de que el ser que de verdad eres no necesita
protección, de que el ser que de verdad eres es tan receptivo, tan libre,
rebosa hasta tal punto de amor y profunda aceptación que permite que la vida en
su totalidad penetre en él. La vida no puede hacerte daño, puesto que eres la
vida. Por lo tanto, el momento presente no es un enemigo al que debas temer,
sino un querido amigo al que abrazar. Así es, la verdadera espiritualidad no
refuerza la armadura con la que te proteges de la vida; la destruye.
El
despertar espiritual es en realidad muy sencillo. Es el reconocimiento atemporal
de quién eres realmente: la consciencia previa a la forma. Ahora bien, vivir en la
práctica ese reconocimiento en la vida diaria, sin olvidarlo, perderlo de vista
totalmente o dejar que se suba a la cabeza..., ahí, ahí es donde empieza la
verdadera aventura de la vida, y ahí es donde, al parecer, muchos de los que
recorren el camino espiritual se debaten y entran en lucha, da igual que sean
buscadores que maestros.
Una
cosa es saber quién eres realmente cuando todo va sobre ruedas y tienes la sensación
de que la vida te sonríe, y otra es recordarlo en momentos de máxima crispación,
cuando todo se derrumba a tu alrededor, cuando las circunstancias te superan y
se rompen los sueños. En medio del dolor físico y emocional, de las adicciones,
los conflictos de pareja y los fracasos mundanos y espirituales, solemos
sentirnos menos despiertos que nunca, y más separados de la vida, de los demás
y de quienes somos realmente. Los felices sueños de iluminación pueden
evaporarse en un instante, y parecer que la aceptación se halle a millones de
kilómetros de distancia.
Depende
de nosotros interpretar la existencia humana de cada día, con sus complicaciones
y su belleza, como algo que se ha de evitar, trascender o incluso aniquilar,
o vería como lo que es realmente: un secreto y una constante invitación a despertar
ahora, incluso aunque creamos que ya despertamos ayer. La vida,
por su compasión infinita, no nos va a dejar dormirnos en los laureles.

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