Empecé
a perder interés en fingir que era lo que no era. Empecé a perder interés en
oponer resistencia al momento presente. Empecé a enamorarme de la experiencia
presente. Descubrí la profunda aceptación inherente a cada pensamiento, a cada
sensación, a cada sentimiento, y el sufrimiento comenzó a caer en picado. Me di
cuenta de que no era un ser defectuoso ni nunca lo había sido, y de que esto
era igualmente, aplicable a todos los demás seres humanos del planeta.
El
sufrimiento humano puede parecer tan insondable, incontrolable, impenetrable...,
un problema demasiado descomunal para poder remediarlo. A veces parece tan sin
sentido, tan inexplicable o tan fortuito y repentino que lo único que uno puede
decir es: «¿Qué me pasa? ¿Qué es lo que estoy haciendo mal?», «¡Debe de ser por
mí, por mi forma de ser!», «Será que es mi sino sufrir así», «Seguro que es la
genética, o algún desequilibrio químico del cerebro».
Yo
no creo que haya nadie fundamentalmente incapacitado para la vida, que
nadie
tenga que sufrir, que haya ninguna desdicha predestinada o inherente a nosotros
en
modo alguno.

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