…a
todas estas reglas saludables hay que agregar todavía otra, y es la de la definición
clara del asunto que venga al pensamiento, con objeto de ver clara y distintamente
lo que es en sustancia, considerándolo todo y en sus partes separadas, y poder
decirse a sí mismo su verdadero nombre, así como el nombre de las partes que lo
componen y en las que debe resolverse. Porque no hay nada que pueda educar y engrandecer
tan bien el alma como el analizar con método y precisión todo aquello con que
se tropieza en la vida y como el examinar siempre todos los objetos de tal modo
que se
pueda conocer inmediatamente a qué orden de cosas pertenece, cuál es su
utilidad, qué importancia tiene en el universo y con relación al hombre,
verdadero ciudadano de esta urbe celeste en la cual las demás ciudades, por
decirlo así, solo representan las casas.
Es
preciso, además, saber qué es cada objeto, qué elementos lo componen, cuánto
tiempo debe durar, qué actividades ha de poner en práctica con este motivo: si
la paciencia, si la firmeza, si la sinceridad, si la buena fe, la resignación,
la frugalidad o cuál otra. He aquí por qué ante cualquier acontecimiento es
preciso decir: esto me viene de Dios; eso otro es una consecuencia necesaria
del sistema general, de la relación y concordancia de todas las cosas, cuyo
resultado es esta coincidencia fortuita; aquello proviene de mi conciudadano,
de mi pariente, del amigo que desgraciadamente ignora lo que le prescribe
nuestra naturaleza; pero yo, que no lo ignoro, le trataré con benevolencia y
justicia, según la ley natural de la convivencia. No obstante, y aun cuando se
trata de cosas indiferentes, me aplicaré por mi parte a calcular cada una de
ellas en su justo precio.
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