Un hombre
muy anciano se encontraba plantando un árbol de higos a un lado del camino en
Tiberias cuando el emperador Adrián pasaba y se detuvo.
'Si has
trabajado en tu juventud,' dijo el emperador, 'no deberías trabajar en tu
vejez. Seguramente que no esperas vivir para comer de los frutos de ese árbol.'
'Honrado
señor,' contesto el anciano, 'en mi juventud trabaje y trabajo en mi vejez
también. Mi ruego es vivir para disfrutar del fruto de este árbol a pesar de
que he vivido cien años ya.'
'Bien, si
llegas a vivir para comer de los higos de este árbol,' dijo su majestad, 'Te
pido me lo hagas saber.'
Sucedió
que el anciano vivió hasta que comió del fruto de ese árbol y recordando las
palabras del emperador, lleno una pequeña canasta con los higos más selectos
del árbol y toco a la puerta del palacio para presentárselos al emperador.
El
emperador no le reconoció inicialmente cuando le admitieron pasar a su
presencia, pero el anciano le dijo: 'No me recuerda usted?' Soy el anciano a
quien usted vio plantando un árbol de higos, y recuerda sus palabras. - Si
llegas a vivir para comer los higos de este árbol, te pido me lo hagas saber.
He aquí, he venido a traerle de lo más selecto del fruto de ese árbol, para que
usted los
disfrute
igualmente.'
Este
amable y considerado acto del anciano complació mucho al emperador y acepto los
higos y en agradecimiento lleno el canasto del anciano con monedas de oro, y lo
envió felizmente de regreso.
Sucedió
que al lado del anciano vivía una mujer muy egoísta quien mostro mucho interés
en la historia que el anciano conto a su regreso. Lleno una inmensa canasta con
higos y le dijo al esposo, 'lleva esta canasta al emperador, le encantan los
higos y te llenara el canasto con monedas de oro en retribución.'
Al llegar
a las puertas del palacio les dijo a los guardias: 'Estos higos traigo de
obsequio a su majestad. Vacíen mi canasto, les pido, y llénenlo con oro.
Cuando el
mensaje fue entregado al emperador, ordeno que trajeran al hombre frente al
palacio para que cualquiera que pasara le arrojase higos, cuando se acabaron
los higos, le permitieron regresar a casa.
Humillado y triste, le conto a su esposa sobre su experiencia. 'No te
fijes.' lo consoló ella, 'agradece que fueron higos y no cocos, o hubieses
sufrido peores heridas.'

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