lunes, 5 de octubre de 2020

Sabiduría del Talmud - El castigo del egoísta.

Un hombre muy anciano se encontraba plantando un árbol de higos a un lado del camino en Tiberias cuando el emperador Adrián pasaba y se detuvo.
'Si has trabajado en tu juventud,' dijo el emperador, 'no deberías trabajar en tu vejez. Seguramente que no esperas vivir para comer de los frutos de ese árbol.'
'Honrado señor,' contesto el anciano, 'en mi juventud trabaje y trabajo en mi vejez también. Mi ruego es vivir para disfrutar del fruto de este árbol a pesar de que he vivido cien años ya.'
'Bien, si llegas a vivir para comer de los higos de este árbol,' dijo su majestad, 'Te pido me lo hagas saber.'
Sucedió que el anciano vivió hasta que comió del fruto de ese árbol y recordando las palabras del emperador, lleno una pequeña canasta con los higos más selectos del árbol y toco a la puerta del palacio para presentárselos al emperador.
El emperador no le reconoció inicialmente cuando le admitieron pasar a su presencia, pero el anciano le dijo: 'No me recuerda usted?' Soy el anciano a quien usted vio plantando un árbol de higos, y recuerda sus palabras. - Si llegas a vivir para comer los higos de este árbol, te pido me lo hagas saber. He aquí, he venido a traerle de lo más selecto del fruto de ese árbol, para que usted los
disfrute igualmente.'
Este amable y considerado acto del anciano complació mucho al emperador y acepto los higos y en agradecimiento lleno el canasto del anciano con monedas de oro, y lo envió felizmente de regreso.
Sucedió que al lado del anciano vivía una mujer muy egoísta quien mostro mucho interés en la historia que el anciano conto a su regreso. Lleno una inmensa canasta con higos y le dijo al esposo, 'lleva esta canasta al emperador, le encantan los higos y te llenara el canasto con monedas de oro en retribución.'
Al llegar a las puertas del palacio les dijo a los guardias: 'Estos higos traigo de obsequio a su majestad. Vacíen mi canasto, les pido, y llénenlo con oro.
Cuando el mensaje fue entregado al emperador, ordeno que trajeran al hombre frente al palacio para que cualquiera que pasara le arrojase higos, cuando se acabaron los higos, le permitieron regresar a casa.
Humillado y triste, le conto a su esposa sobre su experiencia. 'No te fijes.' lo consoló ella, 'agradece que fueron higos y no cocos, o hubieses sufrido peores heridas.'

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Gracias por participar y hacer más grande esta página.