Había una vez un
almuédano cuya voz era muy estridente. Tenía como tarea llamar a los fieles a
la oración, pero, cada vez que empezaba a cantar, le decían:
"¡Por piedad!
¡Detente, pues tu canto no hace sino aumentar nuestras divergencias!"
Un día, un infiel
llegó con unas vestiduras de seda, una vela y dulces, así como toda clase de
presentes y pidió ver al almuédano.
"¡Su voz es
tan hermosa, dijo, que proporciona descanso al espíritu!"
Los demás dijeron
entonces:
"¿Cómo puede
proporcionar descanso una voz semejante?"
El hombre
respondió:
"Tengo una
hija que es muy hermosa. Ahora bien, un día tuvo la tentación de abrazar la fe.
Intenté disuadirla de ello, pero en vano. Esta pasión por la fe la poseía tan
fuertemente que mi pena aumentaba de día en día. Nada logró hacerla cambiar de
idea, salvo el canto del almuédano pues, al oírlo, mi hija exclamó:
"¡Qué voz! ¡Mis oídos están aterrados! ¡En toda mi vida no he oído un canto peor!"
Su hermana le dijo entonces que era la llamada a los fieles para la oración. Ella no
quiso creerlo y se informó por todos lados. Cuando quedó
convencida de que
era exacto, el amor por la fe se enfrió en su corazón. Mis temores se
disiparon y recobré el sueño. ¡Encontré, pues, el descanso, gracias a esta voz y traigo
estos regalos al almuédano como muestra de agradecimiento!"
Lo llevaron ante
el almuédano y le dijo:
"¡Acepta
estos regalos pues, gracias a ti, he encontrado el descanso! ¡Soy tu servidor!"
Así es como
vuestra fe, llena de mentiras, es un obstáculo en el camino.
Sucede con todo
eso como con aquellas dos mujeres que, al ver a dos asnos copular en un
prado, se dijeron:
"¡Eso sí que
es realmente virilidad! Si eso es amor, entonces ¡qué poca cosa son nuestros
maridos!"
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