En una lejana montaña vivían dos ermitaños que rendían culto a Dios y que se amaban uno al otro.
Los dos ermitaños poseían una escudilla
de barro que constituía su única posesión.
Un día, un espíritu malo entró en el
corazón del ermitaño más viejo, el cual fue a ver al más joven.
-Hace ya mucho tiempo que hemos vivido
juntos -le dijo-. Ha llegado la hora de separarnos. Por tanto, dividamos
nuestras posesiones.
Al oírlo, el ermitaño más joven se
entristeció.
-Hermano mío -dijo-, me causa pesar que
tengas que dejarme. Pero si es necesario que te marches, que así sea. Y fue por
la escudilla de barro, y se la dio a su compañero, diciéndole.
-No podemos repartirla, hermano; que
sea para ti.
-No acepto tu caridad -replicó el
otro-. No tomaré sino lo que me pertenece. Debemos partirla.
El joven razonó:
-Si rompemos la escudilla, ¿de qué nos
servirá a ti o a mí? Si te parece, propongo que la juguemos a suerte.
Pero el ermitaño persistió en su empeño.
-Sólo tomaré lo que en justicia me
corresponde, y no confiaré la escudilla ni mis derechos a la suerte. Debe
partirse la escudilla.
El ermitaño más joven, viendo que no
salían razones, dijo:
-Está bien: si tal es tu deseo, y si te
niegas a aceptar la escudilla, rompámosla y repartámosla.
Y entonces el rostro del ermitaño más
viejo se descompuso de ira, y gritó:
- ¡Ah, maldito_ cobarde! no te atreves
a pelear, ¿eh?

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