El ahora, este experimentar presente, es todo lo que siempre es.
Y
este ahora es la sustancia de todas las cosas aparentes.
Cuando
el pensamiento surge e imagina que hay una sustancia distinta a este ahora
eternamente presente, nace el tiempo.
La
creencia de que somos un yo interior crea la ilusión de que hay un objeto, una
persona o un mundo exteriores.
Cuando
se ve claramente que el yo interior no existe; el mundo, tal como parecía ser,
también se ve como no existente.
Todo
lo que queda es la intimidad continua de la experiencia que se conoce como
amor.
La respiración funciona por sí misma mientras el individuo piensa
equivocadamente que es él el que está respirando. Los pensamientos llegan del
exterior emergiendo espontáneamente entre intervalos de vacío mental, y él cree
que es él el que piensa. Los pensamientos son involuntariamente transformados
en acciones, y él cree que es él el que actúa. En realidad lo único que ha
hecho es tomar las acciones de la Totalidad como si fueran sus propias
acciones.
El cultivo de la calma y la tranquilidad mental es la puerta de
entrada hacia la visión clara de la realidad. Cuando la atención es desarrollada
la realidad sutil se nos presenta, podemos empezar a distinguir
características que siempre han estado ahí, pero que comúnmente no
distinguimos.
Uno de estos aspectos de la realidad, una característica de la
existencia y de todo lo que es condicionado, se manifiesta como cambio e
impermanencia. Sea que lo observemos o no lo observemos todo surge y cesa
constantemente, pero ser conscientes de ello es mucho más sabio y beneficioso
que no hacerlo. Precisamente porque convivir conscientes de la realidad tal
como es, evita engaños, evita construir hábitos que nos perjudican. ¿Por qué a
pesar de saber que las cosas son impermanentes, nos aferramos igual queriendo
que lo agradable dure más y lo desagradable se vaya rápido?
Intelectualmente
lo sabemos, pero en meditación esta realidad deja de ser una idea abstracta y
se vive en cada proceso, desde la inhalación y la exhalación, hasta en el
reconocimiento de las distracciones que emergen a la superficie de la
consciencia, pero que tampoco perduran demasiado.
Esta forma directa de experimentar lo transitorio va degradando
las visiones erróneas y quitándole peso a lo que percibimos, reduciendo el
apego y la aversión.
Básicamente vivir sin observar la impermanencia es vivir ciegos,
es vivir sufriendo, porque queremos retener aquello que inevitablemente esta
sujeto al cambio.

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