sábado, 25 de diciembre de 2021

Pensamientos.

El ahora, este experimentar presente, es todo lo que siempre es.

Y este ahora es la sustancia de todas las cosas aparentes.

Cuando el pensamiento surge e imagina que hay una sustancia distinta a este ahora eternamente presente, nace el tiempo.

La creencia de que somos un yo interior crea la ilusión de que hay un objeto, una persona o un mundo exteriores.

Cuando se ve claramente que el yo interior no existe; el mundo, tal como parecía ser, también se ve como no existente.

Todo lo que queda es la intimidad continua de la experiencia que se conoce como amor.

La respiración funciona por sí misma mientras el individuo piensa equivocadamente que es él el que está respirando. Los pensamientos llegan del exterior emergiendo espontáneamente entre intervalos de vacío mental, y él cree que es él el que piensa. Los pensamientos son involuntariamente transformados en acciones, y él cree que es él el que actúa. En realidad lo único que ha hecho es tomar las acciones de la Totalidad como si fueran sus propias acciones.

El cultivo de la calma y la tranquilidad mental es la puerta de entrada hacia la visión clara de la realidad. Cuando la atención es desarrollada la realidad sutil se nos presenta, podemos empezar a distinguir características que siempre han estado ahí, pero que comúnmente no distinguimos.

Uno de estos aspectos de la realidad, una característica de la existencia y de todo lo que es condicionado, se manifiesta como cambio e impermanencia. Sea que lo observemos o no lo observemos todo surge y cesa constantemente, pero ser conscientes de ello es mucho más sabio y beneficioso que no hacerlo. Precisamente porque convivir conscientes de la realidad tal como es, evita engaños, evita construir hábitos que nos perjudican. ¿Por qué a pesar de saber que las cosas son impermanentes, nos aferramos igual queriendo que lo agradable dure más y lo desagradable se vaya rápido?

Intelectualmente lo sabemos, pero en meditación esta realidad deja de ser una idea abstracta y se vive en cada proceso, desde la inhalación y la exhalación, hasta en el reconocimiento de las distracciones que emergen a la superficie de la consciencia, pero que tampoco perduran demasiado.

Esta forma directa de experimentar lo transitorio va degradando las visiones erróneas y quitándole peso a lo que percibimos, reduciendo el apego y la aversión.

Básicamente vivir sin observar la impermanencia es vivir ciegos, es vivir sufriendo, porque queremos retener aquello que inevitablemente esta sujeto al cambio.


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