En un magnifico reino vivía un hermoso e inquieto príncipe,
quien era mimado y adorado por su Padre. El joven vivía
rodeado de riquezas y cuidados, pero su corazón latía por
ansias de nuevas emociones. Continuamente, subía a la
torre del castillo y miraba el horizonte, soñando con grandes
aventuras en tierras lejanas.
Un día decidió partir a conocer el mundo. Su Padre, que por
sobre todo lo amaba, no se opuso, pero le exigió dos cosas:
llevaría en su pecho una medalla, con el sello de su estirpe,
símbolo de su promesa de regresar al Hogar; y debía partir
acompañado de un leal sirviente quien lo cuidaría y ayudaría,
cada vez que fuese necesario.
El príncipe vestido de sencillas ropas y con lo necesario
para el viaje, partió feliz y emocionado a su gran aventura.
No llevaban rumbo fijo, sólo el deseo de conocer y
experimentar los guiaba. La emoción del príncipe no podía
ser mayor, hermosos paisajes y exóticos animales aparecían
por doquier, deleitándolos a cada paso con algo nuevo.
Mientras caminaban a paso seguro y con ancha sonrisa
dibujada en el rostro, el príncipe entonaba canciones con su
hermosa voz angelical y el sirviente recogía frutos, con los
cuales se alimentaban.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Gracias por participar y hacer más grande esta página.