Un guerrero, primero debe
saber que sus actos son inútiles y, a pesar de ello, proceder como si no lo
supiera. Ése es el desatino controlado del
chamán.
Los ojos del hombre pueden
realizar dos funciones: una es ver la energía en general, tal como fluye en el universo,
y la otra es «mirar las cosas de este mundo». Ninguna de ellas es mejor que la
otra; sin embargo, educar los ojos sólo para mirar es un lamentable e
innecesario desperdicio.
Un guerrero vive de actuar,
no de pensar en actuar ni de pensar qué pensará cuando haya actuado.
Un guerrero elige un camino
con corazón, cualquier camino con corazón, y lo sigue, y luego se regocija y
ríe. Sabe, porque ve, que su vida se acabará
demasiado pronto. Sabe, porque ve, que nada es más importante
que lo demás.
Un guerrero no tiene honor,
ni dignidad, ni familia, ni nombre, ni patria; sólo tiene vida por vivir y, en
tales circunstancias, su único vínculo con sus semejantes es su desatino
controlado.
Puesto que ninguna cosa es
más importante que otra, un guerrero elige cualquier acto y lo actúa como si le
importara. Su desatino controlado le lleva a decir que lo que él hace importa y
le lleva a actuar como si importara, y sin embargo él sabe que no es así; de
modo que, cuando completa sus actos, se retira en paz, sin preocuparse en
absoluto de si sus actos fueron buenos o malos, si dieron resultado o no.
Un guerrero puede optar por
permanecer totalmente impasible y no actuar jamás, y comportarse como si realmente
le importara ser impasible. También eso sería genuinamente correcto, pues
también ése sería su desatino controlado.
No hay vacío en la vida de
un guerrero. Todo está lleno a rebosar. Todo está lleno a rebosar y todo es
igual.
El hombre corriente se
preocupa demasiado por querer a otros o por ser querido por los demás. Un guerrero
quiere; eso es todo. Quiere lo que se le antoja o a quien se le antoja, sin
más, porque sí.
Un guerrero acepta la
responsabilidad de sus actos, hasta del más trivial de sus actos. El hombre
corriente actúa según sus pensamientos y nunca asume la responsabilidad por lo
que hace.
El hombre corriente es o un
ganador o un perdedor y, dependiendo de ello, se convierte en perseguidor o en víctima.
Estas dos condiciones prevalecen mientras uno no ve.
Ver disipa la ilusión de la victoria, la derrota o el sufrimiento.

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