El espíritu de un guerrero
no está hecho a la entrega y a la queja, ni está hecho a ganar o perder. El
espíritu de un guerrero está hecho sólo a la lucha, y cada lucha es la última
batalla del guerrero sobre la Tierra. Por eso el resultado le importa muy poco.
En su última batalla sobre la tierra, el guerrero deja fluir su espíritu libre
y claro. Y mientras se entrega a su batalla, sabiendo que su intento
es impecable, un guerrero ríe y ríe.
Nos hablamos incesantemente
a nosotros mismos acerca de nuestro mundo. De hecho, mantenemos nuestro mundo
con nuestro diálogo interno. Y cuando dejamos de hablarnos sobre nosotros
mismos y nuestro mundo, el mundo es siempre como debería ser. Con nuestro
diálogo interno lo renovamos, lo encendemos de vida, lo sostenemos. No sólo
eso, sino que también escogemos nuestros caminos al hablarnos a nosotros
mismos. De ahí que repitamos las mismas elecciones una y otra vez hasta el día
en que morimos, porque continuamos
repitiendo el mismo diálogo
interno una y otra vez hasta el preciso momento de la muerte. Un guerrero es consciente
de ello y lucha por detener su diálogo interno.
El mundo es todo lo que hay
aquí encerrado: la vida, la muerte, la gente y todo lo demás que nos rodea. El mundo
es incomprensible. Jamás lo entenderemos; jamás desentrañaremos sus secretos.
Por eso, debemos tratarlo como lo que es: un absoluto misterio.
Las cosas que la gente hace
no pueden, bajo ninguna condición, ser más importantes que el mundo. De modo
que un guerrero trata el mundo como un misterio interminable, y lo que la gente
hace, como un desatino sin fin.

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