Me
pregunto si, de un millón de maneras diferentes, lo que intentamos con
nuestra
búsqueda no es simplemente volver al vientre materno, al lugar de la no separación.
Allí, no había separación entre el vientre y yo, no había separación entre mi madre
y yo; solo había integridad, sin fuera ni dentro. Allí, no existía el «otro»,
es decir, todo era el vientre. Es como si el mundo entero estuviera allí,
como si estuviera allí el universo entero, para cuidar de mí, para protegerme.
Me sentía inmerso en un océano de amor, siempre. Era el hogar, sin ningún
opuesto, ya que en él yo no conocía los conceptos de dentro y fuera. Era el
océano en el que todas y cada una de las olas de experiencia se aceptaba
profunda y absolutamente. Era yo mismo.
De
hecho, ni siquiera estaba en el vientre; yo era
el vientre. Así de completo estaba. No
existíamos el vientre^ yo (dos cosas); solo existía el vientre (una cosa, todas
las cosas). De manera que, en verdad, no salí del él. En mi esencia más
profunda, era —y soy— el vientre. Soy la integridad que añoro.
Pero,
de este lugar de completud total siempre presente y sin opuesto, parece que
se me expulsó sin previo aviso. De repente, toda aquella seguridad natural desapareció.
De repente, me encontré ante un mundo de objetos separados, un mundo azaroso, impredecible, un lugar donde la comodidad, la seguridad —el estar bien— podían
aparecer y desaparecer en cualquier momento. Ahora estaba en un mundo donde el
estar bien batallaba con el no estar bien.
No
es irracional sugerir que, puesto que todo ser humano que existe o ha existido
estuvo en el vientre materno, puede que todavía alberguemos un vago recuerdo preverbal
de aquel profundo sentimiento de bienestar, y que todos anhelemos intensamente
regresar a él. Quizá la búsqueda del hogar sea también la búsqueda del vientre...,
no del lugar físico, sino de la integridad que allí había. Añoramos sentirnos a
salvo, protegidos, ser uno con todo. Añoramos volver a estar profundamente
bien.

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