madres;
en vez de eso, tenemos maneras más sofisticadas de buscar alivio para nuestro malestar.
Metafóricamente, chillamos por el siguiente cigarrillo, la siguiente copa, la siguiente
conquista sexual, el siguiente ascenso en el trabajo, la siguiente experiencia espiritual,
la siguiente vía de escape: cualquier cosa que haga que todo vuelva a estar bien,
cualquier cosa que haga desaparecer el no estar bien.
Ni
siquiera los niños que han tenido una infancia idílica y llena de afecto escapan
a este sentimiento básico de separación, de carencia. Se diría que es inherente
a la experiencia de ser un individuo. Ningún padre ni madre es culpable de
haber creado este sentimiento de separación, esta sensación de carencia; nadie
hace intencionadamente de su hijo un buscador. Los organismos recién nacidos
que tienen capacidad de abstracto acaban buscando, de un modo natural, una
completud conceptual en el futuro, elaborando todo tipo de ideas sobre lo que
les hace sentirse bien y mal en sus experiencias, e intentan escapar de todo
aquello que perciben como causante del no estar bien, a fin de llegar al lugar
del estar bien. Visto así, desarrollar un sentimiento de separación y, luego,
buscar la manera de corregirlo encontrando integridad forma parte de la
evolución natural de la vida. Buscar no es un error, y no es el enemigo. Es
simplemente una cuestión de identidad equivocada.

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