Una
de las respuestas que la mente puede dar, cuando trata de procesar toda esta información,
es la siguiente:
¿Cómo podríamos, si la búsqueda es el problema,
renunciar a ella?
Pero,
de ese modo, volvemos a sumirnos en el juego de la búsqueda… porque buscar el
final de la búsqueda quizás sea la mayor de todas las búsquedas.
No
se trata de renunciar a nada. No se trata de renunciar a nuestra práctica espiritual,
de renunciar a nuestra meta ni de renunciar siquiera a la búsqueda. No se
trata, en modo alguno, de concluir que la búsqueda sea el problema, no se trata
de concluir que, como todo es búsqueda, deberíamos renunciar a la vida y
sentarnos sin hacer nada.
No, no se trata, en modo alguno, de rechazar nada.
Nada,
en el sueño, como ves, tiene que cambiar. Por ello este libro no se parece a ningún
otro libro de espiritualidad. Son muchos los libros espirituales que insisten en
la necesidad de cambiar tu vida, de cambiar tus actitudes, de cambiar tu
conducta o de cambiar tus pensamientos, de cambiar, en suma, los muebles de la
habitación del
Gran Hotel de la Vida para convertirla en un lugar más cómodo. No, este libro no
habla del modo de cambiar los muebles. ¡Pero, si quisiera una habitación más cómoda,
por supuesto que debería cambiar los muebles de lugar!
Lo
único que sugiero es que, aunque no te des cuenta de ello, “tu vida”, tal cual es, ya es perfecta.
Imagina
que una noche, mientras duermes, tienes un sueño, durante el cual ocurren muchas
cosas que te parecen completamente reales. Pero, cuando finalmente despiertas,
te das cuenta de que, en realidad, nada de lo que estabas viviendo había sucedido.
No,
no tienes que cambiar el contenido del sueño. ¿Acaso, cuando despiertas, te empeñas
en cambiar el sueño? Basta con que te des cuenta de que sólo se trataba de un
sueño. Cuando reconoces al sueño como tal, el soñante desaparece y todo lo que pueda
haber ocurrido deja de afectarte.
Esto
se asemeja a lo que ocurre cuando estás viendo una película. Nadie se sienta en
la butaca del cine tratando de cambiar o manipular la película. Lo único que,
en tal caso, hacemos, es ver la película. Y, mientras tanto, no hay separación
alguna entre la película y quien la contempla. Lo único que hay, cuando uno
está completamente absorto viendo una película, es lo que está ocurriendo. Y
uno ríe o llora según el despliegue de las imágenes de la película. Uno se
olvida de sí mismo y acaba disolviéndose
en la película.
Por
ello nos gusta ir al cine. Cuando estamos contemplando una película no tenemos que
hacer absolutamente nada, Lo único que tenemos que hacer es dejar que lo que ocurra
se derrame sobre nosotros. O, mejor dicho, lo único que tenemos que hacer es dejarnos arrastrar por
la película. Entonces es cuando el pasado y el futuro se desvanecen y dejan
paso a lo que está ocurriendo. Y, puesto que lo que está sucediendo en la
pantalla no es esencialmente real, uno puede sumergirse plenamente en la
experiencia, puede relajarse y zambullirse sin reservas y reír, llorar y entusiasmarse
con lo que ocurre, como si realmente estuviese ocurriendo. Es su irrealidad, de
hecho, la que –durante un rato, al menos– la convierte en algo tan real.
Y
ésa es también la aparente paradoja que yace en el núcleo mismo de la experiencia.
La vida es como una gran película, la mayor de las películas que jamás se haya
filmado.
Cuando
sales del cine, la película sigue siendo una película y, cuando despiertas, el sueño
sigue siendo un sueño. Pero por más que, esencialmente hablando, no sean reales,
cuando nos zambullimos en ellos parecen serlo.
Tu
historia, la historia de tu pasado y la historia de tu futuro, no son
esencialmente reales, sólo parecen serlo cuando estás hipnotizado por la
película de tu vida, por el sueño de tu vida. Y en algún momento de la historia
aparece la invitación a despertar. En ese momento, sin embargo, la historia no
desaparece, sino que sigue desplegándose,
pero podemos ver a través de ella. Entonces es cuando la historia se torna
transparente. La película sigue, pero entonces ya sabemos que se trata de una película.
Entonces
nos damos cuenta de que nada de lo que ocurra puede dañarnos. Y, por más tristes
o espantosas que sean las escenas, no dejan en nosotros la menor cicatriz.
Entonces
es cuando nos convertimos en la pantalla en la que se proyecta la película.
Entonces
es cuando nos damos cuenta de que nada de lo que ocurre en la película nos afecta.
La pantalla deja amorosamente que todo se proyecte sobre ella, tanto las escenas
de miedo como las escenas de alegría, absolutamente todo. Y, cuando la película
concluye y el público abandona la sala, la pantalla sigue tan nueva e impoluta
como antes de comenzar la proyección.
¡Pero,
desde la perspectiva de la pantalla, no hay nada que empiece ni nada que concluya!
No hay, desde la perspectiva de la pantalla, tiempo ni espacio. El tiempo y el
espacio son cosas de la película y, cuando no se proyecta nada, tiempo y
espacio
carecen
de todo sentido.
En la liberación, el tiempo y el espacio son vistos
como lo que son, meros
conceptos.
Este
libro no pretende resolver ningún problema. Los problemas se mueven en el mundo
de los sueños. Personajes oníricos tratando de solucionar problemas oníricos.
Personajes
virtuales tratando de resolver problemas virtuales.
El
personaje cree en la realidad de sus problemas, pero éstos, obviamente, son tan
reales como él. Cuando acaba su escena, el actor se desmaquilla, se cambia de
ropa y vuelve a casa. Cuando le damos al botón de “eject”, el DVD sale del
reproductor y todo se desvanece. Y, cuando acaba la película, los rollos vuelven de nuevo a sus cajas y se apagan finalmente las luces. Tus problemas
son, en suma, tan reales como tú.

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