Había un predicador de gran elocuencia. Ni hombres
ni mujeres se cansaban de escucharlo. Un día, un hombre llamado Diuhá con la
cara velada, se mezcló con las mujeres. Alguien preguntó al predicador:
"¿Se anula el valor de las plegarias si se
omite afeitarse el pubis?"
El predicador respondió:
"Si los pelos son demasiado largos, queda
manchada la plegaria y vale más afeitarlo para que vuestras plegarias sean
puras."
Una mujer preguntó entonces:
"¿Cuál es la longitud autorizada?
-Si los pelos sobrepasan la longitud de un grano de
cebada, dijo el predicador, entonces hay que afeitarlos."
Entonces Diuhá se dirigió a su vecina y le dijo:
"¡Oh, hermana mía! ¿Quieres tener la amabilidad
de poner la mano en mi pubis para verificar si mis pelos son demasiado largos y
manchan así mis plegarias?"
Cuando la mujer hubo puesto su mano bajo su túnica,
tocó su miembro y lanzó un gran grito:
"¡Mis palabras han tocado su corazón! dijo el
predicador.
- ¡No! exclamó Diuhá, su corazón no ha sido tocado.
Sólo sus manos. ¿Qué habría sido si le hubieses tocado el corazón?"
Los niños gritan para obtener nueces y uva. Pero,
para el corazón, las nueces y la uva carecen de valor. Toda persona velada es
como un niño. Si la nobleza de la virilidad residiera en los testículos
o la barba, entonces más valdría buscarla en los machos cabríos. Ellos conducen
a los carneros, pero es para llevarlos al matadero. Tienen mucho cuidado con su
barba y proclaman con orgullo: "¡Yo soy el que conduce a los
inocentes!"
¡Toma el camino de la fidelidad y no te ocupes de
tus pelos!
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