Un discípulo había acompañado a su maestro con
ocasión de un viaje. Pues bien, se encontraban en un país en el que el pan era
cosa rara. Y el temor por la falta de alimentos estaba omnipresente en el
espíritu del discípulo ignorante. Su maestro, lleno de lucidez, pronto descubrió esta
obsesión. Le dijo:
"¿Por qué apenarte? ¡Te inquietas por tu pan y
pierdes tanto tu confianza como la paciencia! ¡Ah! No formas aún parte de los
santos. ¡Porque ellos pueden subsistir sin nueces ni pasas! El hambre es la
parte de todos los servidores de Dios. Es un favor que no recae en cualquier
tonto o en cualquier mendigo.
Abandona tus temores. Como no formas parte de los
elegidos, no es fácil que permanezcas en esta cocina sin encontrar en ella
algún alimento. Cuando se trata de llenar el vientre del común de los
mortales, siempre hay abundancia. Y cuando esta gente muere, ve el pan alejarse
diciendo: "¡Teníais miedo del hambre, pero mirad: ¡os vais y yo me quedo aquí!
¡Oh! vosotros que os inquietáis por vuestra
subsistencia, levantaos y venid a serviros. Pero más vale tener confianza y no
inquietarse, pues tu parte está tan enamorada de ti como tú lo estás de ella. Sólo tiene
caprichos porque conoce tu impaciencia. Si fueras paciente, vendría ella a
ofrecerse a ti. No hay verdadera opulencia
sin confianza.

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