Rabí Elazar, dijo de Rabí Shimon, volvía a su casa montando un asno, al que conducía despaciosamente a la vera del río. El tiempo era bueno y el alma de Rabí Shimon se llenó de alegría -la alegría de la vida. Pensaba en lo que había aprendido de su maestro y comenzó a sentirse superior. Y de repente se cruzó con un hombre que tenía un rostro horrendo y lo saludó. Entonces, en lugar de responderle afablemente, como corresponde, Rabí Elazar le dijo:”- ¿son todos en tu ciudad tan
feos como tú?”. El hombre le
respondió:”-no sé, pero mejor ve a lo del maestro que me creó y dile que el
objeto que forjó es feísimo”.
Al escuchar estas palabras, Rabí
Elazar entendió que había cometido un pecado, entonces se bajó del asno, cayó
de hinojos ante el hombre y le pidió que lo perdonara; pero éste se mantenía en
los suyo: que fuera a lo del maestro que lo creó y le dijera lo feo del objeto
que forjó. Rabí Elazar fue caminando detrás del hombre hasta que llegaron a la
ciudad y todas las personas que lo encontraban lo saludaban diciendo:” la paz
sea contigo, Rabí”.
El hombre
preguntó:”- ¿a quién llaman Rabí?, y le respondieron: al que iba detrás de él.
A lo que el hombre dijo:”-si este es un Rabí, ojalá que no haya muchos como él”,
y les contó lo sucedido. La gente le pidió que lo perdonara, a lo que finalmente
accedió. Inmediatamente, Rabí Elazar entró a la Casa de Estudios y pronunció una
homilía respecto a la necesidad de que los seres humanos posean una naturaleza
positiva, sean humildes y, a veces, se doblen como un junco y no sean duros ni
altaneros como un ciprés.
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