En aquel momento el Rajá vio que la viuda del Gran Visir echaba un puñadito de barro dentro de la cazuela.
Irritado por lo que acababa de
presenciar, ordenó a sus guardias que la detuvieran y la condujesen a su
presencia. Pero, cuando la mujer llegó ante él, le dijo que había hecho aquello
porque deseaba obtener una audiencia suya. Habló de manera tan persuasiva que
el Rajá, no sólo le perdonó el haberle echado barro en la comida, sino que,
prendado de ella, la hizo su esposa.
La nueva Raní odiaba profundamente a
las siete princesas y decidió hacer lo posible por librarse de ellas, a fin de
que su hija heredase todos los tesoros. Olvidando las bondades que las seis
mayores habían tenido con ella, hizo cuanto pudo por mortificarlas. Para comer
les daba sólo pan y agua, pero en tan poca cantidad que las pobres apenas
podían sostenerse.
Era tanta la tristeza e infelicidad
de las muchachas, que se pasaban largas horas llorando ante la tumba de su
madre, y diciendo:
- ¡Oh, madre, madre! ¿No ves lo
desgraciadas que somos y lo mal que nos trata nuestra madrastra?
Un día mientras sollozaban sobre la
tumba, empezó a crecer un naranjo al lado de la losa. En pocos momentos sus
ramas quedaron llenas de dorados frutos, con los cuales las princesas calmaron
su apetito. Desde entonces, en vez de comer los malos guisos que les daba su
madrastra iban a la tumba de su madre y se alimentaban con las excelentes
naranjas.
Extrañada la Raní por lo insólito del
caso, dijo un día a su hija:
- No comprendo cómo esas muchachas,
que se niegan a comer lo que yo les doy, estén cada día más sanas. En vez de
menguar, su belleza va en aumento, y son mucho más hermosas que tú misma. Vigílalas
bien y dime si alguien les da algo.
Al día siguiente, la hija de la Raní,
siguió a las siete princesas y las vio coger naranjas.
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