Un día, en el curso de una reunión, el sultán abusó de la bebida. En su estado de embriaguez, divisó a un sabio que pasaba por allí. Dio orden a sus guardias de que se lo trajeran y lo invitasen a beber vino. Los guardias obedecieron inmediatamente, pero el sabio rechazó el vino que se le ofrecía, diciendo:
"¡Ignoro lo
que es el vino! Prefiero el veneno a esta bebida. “Traedme, pues, veneno para
que yo quede liberado de vos!"
Entonces el sultán
se volvió hacia uno de sus escanciadores y le dijo:
"¿Y bien? ¡No
te quedes plantado ahí! ¡Muéstrame cuáles son tus recursos y alegra a este
hombre!"
El escanciador
golpeó entonces al sabio tres o cuatro veces y, con amenazas, logró hacerle
beber la copa de vino. El sabio se embriagó inmediatamente y se abrió un jardín
ante él.
Se puso a bromear alegremente con los que lo rodeaban. Y cada una de
sus alegrías le hacía descubrir otras.
De pronto, una
necesidad urgente lo obligó a abandonar la reunión y se dirigió apresuradamente
hacia los aseos. En su camino, se cruzó con una de las sirvientas del sultán.
Era la mujer más hermosa que hubiese visto nunca. Se quedó con la boca abierta
y su cuerpo se puso a temblar. Había pasado toda su vida en castidad, pero,
bajo el imperio de la bebida, intentó besar a aquella hermosa mujer. La
sirvienta se puso a gritar e intentó en vano desembarazarse de él.
En esos momentos
de excitación, la mujer se vuelve como la pasta en la mano del panadero. Unas
veces la amasa violentamente, otras están lleno de dulzura con ella. La anima.
En resumen, el
sabio había olvidado, en su embriaguez, todo su ascetismo y su dignidad. El y
la sirvienta se estremecían como aves recién degolladas. Ya no pensaban en el
sultán, en su escanciador, en la fe ni en la piedad.
No viendo regresar
al sabio, el sultán se impacientó. Partió, pues, en busca suya y se quedó
pendiente de la tempestad de la que eran escenario los aseos. Se encolerizó de
tal modo que se hubiera dicho que salían centellas de su boca. Al verlo el
sabio en aquel estado, palideció como un hombre que acaba de absorber un
veneno.
Advirtiendo al
escanciador al lado del sultán, le dijo:
"¿Y bien? ¡No
te quedes plantado ahí! ¡Muéstrame cuáles son tus recursos y alegra a este
hombre!"
Estas palabras
hicieron reír al sultán y declaró:
"Tú me has
ofrecido la alegría. ¡Pues bien, yo te ofrezco la vida!"

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