Dios había concedido tres hijos a un sultán, dotado cada uno de corazón y ojos alerta y que rivalizaban en más hermosura, valor y generosidad.
Un día los tres
hijos se presentaron ante su padre para pedirle permiso a fin de partir al
descubrimiento del reino. Porque, para gobernar mejor el país, dijeron,
conviene conocer cada una de sus ciudades y cada uno de sus castillos.
Cuando besaban las
manos del sultán para despedirse, este último les dirigió esta advertencia:
"¡Id, hijos míos! Visitad cada lugar al que vuestro corazón os lleve. Confiad en Dios para este viaje. Pero desconfiad de dos fortalezas: Hushruba (que aleja la razón) es la primera de los dos. Toda persona que entra en ella ve encogerse sus vestidos hasta que le quedan demasiado estrechos. La segunda, Zatusuver (iluminado), es aún más peligrosa. ¡Pues sus torres, sus techumbres y sus muros están totalmente cubiertos de representaciones humanas!" Zuleija había adornado su habitación con pinturas para atraer la atención de José. Porque José no sentía interés por ella fue por lo que aquella habitación se había convertido en un lugar de fiesta.
Cuando bebe agua,
el sediento ve la verdad. Por el contrario, un imbécil que contempla el agua no
ve más que su reflejo. ¡Un enamorado comprueba la belleza de Dios en la faz del
sol, pero un imbécil encuentra emoción artística en el reflejo de la luna sobre
el agua!
"¡Oh, hijos
míos! concluyó el sultán, ¡desconfiad de esa fortaleza recubierta de
pinturas!"
Es probable que los tres hijos ni siquiera habrían pensado en visitar esos lugares si su padre no les hubiese hecho aquella advertencia. Pues se trataba de una fortaleza completamente abandonada. Pero esta prohibición no hizo sino aumentar en su corazón el deseo que tenían de descubrir aquel lugar. Todo hombre desea hacer lo prohibido. Y mucha gente se ha descarriado por culpa de prohibiciones.
Los tres príncipes
tranquilizaron a su padre, pero omitieron decir: "Insh ‘Alá". Después
tomaron la dirección de aquella fortaleza.
La fortaleza de
Zatusuver tenía cinco grandes poternas y encerraba millares de pinturas. Su
encanto cautivó a los tres hermanos.
La apariencia es
como una copa que contiene vino. Pero no está en el origen del vino.
Entre estos miles
de imágenes, estaba el retrato de una bellísima joven. Su vista hizo caer a
nuestros tres jóvenes en un océano. Los hoyuelos de esta joven belleza
traspasaron su corazón con sus flechas. Cada uno de ellos sintió el corazón
como desgarrado y las lágrimas inundaron su cara. Recordaron el
consejo de su
padre y se dijeron:
"¿A quién
puede representar esta pintura?"
Se pusieron a preguntar
a todas las personas que encontraban en su camino. Después de largas búsquedas,
encontraron a un anciano que les dijo que aquella pintura representaba a la
hija del sultán de China.
"Es una joven
que nunca ve a nadie, ni hombre ni mujer. Pues su padre la oculta en su palacio
tras unas cortinas. Es invisible como el alma. El sultán está tan celoso que ni
siquiera soporta que se pronuncie su nombre. Ni los pájaros se atreven a acercarse
al techo que protege a esta belleza. ¡Quien se enamore de ella será un hombre
muy desdichado!"
Los tres príncipes
enamorados, perseguidos por el mismo sueño derramaron muchas lágrimas. La queja
de su corazón hizo subir un humo como de incienso quemado. El mayor dijo
entonces:
"¡Oh,
hermanos míos! Hasta hoy hemos pasado el tiempo dando consejos a los demás,
diciéndoles: "No os rebeléis ante las dificultades. ¡Pues la paciencia es la
clave de la alegría!" Y ahora, ¿dónde está esta paciencia? ¿Dónde está
esta alegría? ¡Nos ha llegado el turno de ser probados!"
Su amor los
arrastró pronto a decidir partir de viaje al país de su amada. La posibilidad
de verla estaba, desde luego, excluida, pero la sola idea de acercarse a ella
les bastaba. Así, habiendo elegido abandonar a su madre, a su padre y su país,
tomaron el camino de la amada desconocida.
El hermano mayor
dijo:
"¡Oh,
hermanos míos! ¡La paciencia me abandona! Estoy cansado de la vida.
Estoy muerto de
pena. ¡Cortadme la cabeza y que el amor me haga crecer otra!
¡Pues la espada no
hace más que sacudir el polvo del enamorado!"...

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