Un hombre había heredado una importante fortuna. Pero la dilapidó rápidamente para encontrarse de nuevo en una extremada penuria. Pues la fortuna es cambiante para los herederos.
Se paseaba como un
buitre entre las ruinas, sin recursos, sin vivienda.
Dirigió un día
esta oración a Dios:
"¡Oh, Señor!
¡Los bienes con los que me habías colmado se han agotado rápidamente! ¡Renueva
tus favores para mí o toma mi vida!"
Porque el profeta
ha dicho:
"¡El fiel es
como la caña! Su canto es más fuerte cuando está vacía en su interior."
Así, nuestro
heredero pasaba los días en oración, con el rostro lleno de lágrimas.
¿Pero existe
alguien que haya llamado a la puerta de la misericordia sin recibir nada? El
heredero arruinado oyó, pues, en su sueño, una voz que le decía:
"¡Deja Bagdad
y trasládate a Egipto! Atenderemos a tus necesidades allí y te harás rico.
¡Pues tus lágrimas y tus plegarias han sido aceptadas!"
Aquella misma voz
le describió con precisión una ciudad, un barrio de aquella ciudad y un lugar
de aquel barrio. Dijo, además:
"Ve allí y
encontrarás un tesoro hecho de cosas preciosas."
Esperanzado, el
heredero se trasladó, pues, a Egipto. Llegó en un estado de gran agotamiento,
al no haber comido nada desde varios días antes. Se le ocurrió la idea de
mendigar, pero se lo impidió la vergüenza. Sin embargo, al cabo de un rato, su
paciencia lo abandonó y decidió pedir limosna, una vez caída
la noche, para que
la oscuridad cubriese su vergüenza. Se dijo:
¦¦Voy a gritar el
nombre de Dios y quizá la gente me dé algo de comer. "
Pasó un tercio de
la noche mientras que aún dudaba, preguntándose:
"¿Debo dormir
con el vientre vacío o mendigar?"
Pero, de pronto, fue capturado por un guarda que hacía la ronda de noche y éste se puso a golpearlo con un bastón. Porque sucedía que, en aquella época, la población estaba exasperada por las fechorías de los ladrones nocturnos y el sultán había dado a los guardas unas severas consignas:
"¡No os
dejéis engañar por sus mentiras y no tengáis piedad de ellos! Si encontráis a
un hombre en la calle en plena noche, cortadle la mano, ¡aunque se trate de un
familiar vuestro!"
El heredero
imploró piedad y pidió ser escuchado para que pudiese contar su historia.
Cuando lo hubo apaleado a conciencia, le dijo el guarda:
"¡Adelante!
Te escucho. ¿Qué haces a estas horas en la calle? Eres extranjero. ¿Cuáles son
tus intenciones? ¿Sabes que el sultán nos ha recomendado no tener piedad con
ladrones como tú?" El heredero juró por todo lo más sagrado:
"Yo no soy un
ladrón ni amigo de los ladrones. Sólo soy un pobre solitario que viene de
Bagdad."
Y contó todo: su
historia, su sueño y su esperanza de encontrar un tesoro. Y de sus ojos brotó
un río de lágrimas. El guarda se conmovió ante sus palabras y le dijo:
"No pareces
un ladrón. Seguramente eres un hombre honrado, pero realmente eres demasiado
estúpido. ¡Has hecho todo ese camino a causa de un sueño! Algo es seguro: no
tienes la menor pizca de inteligencia. Me ha sucedido centenares de veces tener
sueños semejantes. Una voz me decía: "Ve a Bagdad.
Ve a tal barrio, a
tal lugar y encontrarás allí un tesoro" Pero no por eso me he desplazado.
"
Describió al
heredero el lugar que le indicaba la voz de sus sueños y el heredero reconoció
en su descripción el lugar exacto en que vivía él. Entonces exclamó:
"¡El lugar
del tesoro era el lugar mismo en el que yo vivía! ¿Por qué he soportado todos
estos tormentos?"
Después, dio
gracias a Dios y se dijo:
"Todas mis
penas y mis tormentos me han conducido hacia el tesoro que estaba en mi casa.
¿Qué importa que me tomen por un sabio o por un idiota? ¡He encontrado el
tesoro!"

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