Luego de mucho deambular, llegaron a un hermoso valle con
un pequeño poblado, el sirviente consiguió techo y alimento
para ambos, a cambio de trabajo. Al poco tiempo, su
esfuerzo y tesón fue premiado y pudo arrendar un pedazo de
tierra y construir una pequeña vivienda.
El príncipe, enfermo de nostalgia por su Padre, de tanto en
tanto le cantaba hermosas canciones con su voz de ángel,
con la esperanza que el sirviente se decidiera a regresar,
pero su amigo estaba siempre tan ocupado que parecía no
escucharlo.
El fiel sirviente, temeroso del castigo que el Rey pudiera
darle por haber olvidado el camino de retorno y, muy
orgulloso por sus logros, poco a poco comenzó a
transformarse en un pequeño tirano y desechó toda
posibilidad de regresar. Cada vez que el príncipe le pedía
que intentaran volver a casa, él decía que eso era imposible
y trataba de convencerlo que no serían bien recibidos por el
Rey.

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