Habiendo ya pasado mucho tiempo desde su partida del
castillo, un día en que estaban bañándose en un río, el
príncipe perdió el equilibrio y fue arrastrado por las
tormentosas aguas, el fiel sirviente corrió por la orilla y saltó
al agua para salvar a su amado.
Con mucho esfuerzo lograron salir, tosiendo y tiritando de
miedo se abrazaron agradecidos de estar vivos.
Al incorporarse, del pecho del príncipe asomó
resplandeciente, la olvidada medalla que el Rey le había
regalado antes de partir. El príncipe lloró de nostalgia,
recordó el amor de su Padre y la tibieza de su Hogar. Añoró
las hermosas veladas en que cantaba con su voz de ángel, la
suavidad de las finas ropas con que se cubría y, sobre todo,
recordó su promesa de regresar.
El sirviente intentó convencerlo de que no volvieran, le dijo
que allí estaban bien, que él seguiría trabajando y cuidando
que no les faltara nada. Incluso le prometió que escucharía
sus cantos.

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