Cuando te sientes
totalmente impotente e incapaz de controlar el momento, empezar a gritar y
hacer una demostración de poder pueden resultar un alivio, aunque solo temporal.
Atacar a otro ser humano es una manera perfecta de distraerte de tus sentimientos
profundamente perturbadores..., sentimientos que no quieres permitir que existan
en ti. Normalmente, cuando más impotentes nos sentimos (y no somos capaces de percibir
nuestra impotencia ni de admitir, ni admitir ante otros, que nos sentimos así)
es cuando nos volvemos más irracionales, más violentos, y a veces acabamos
haciendo daño a quienes más queremos. En vez de permitirnos sentir el daño que
nos hace la situación, hacemos daño a otros; y luego les echamos la culpa, les
decimos que se merecían lo que han recibido, que fueron ellos los que
provocaron la explosión, que fueron ellos los que nos hicieron
perder el control. Y finalmente, si hemos incorporado a
nuestro saber conceptos de no dualidad, ¡les decimos que no tuvimos elección!
En determinado
momento de su vida, este hombre aprendió —como la mayoría de nosotros— que
ciertos sentimientos, como la indefensión y la impotencia, no están bien. No está bien
ser incapaz de controlar el momento. No está bien ser débil.
Asociamos
sentimientos como la indefensión, con la falta de seguridad, con el peligro,
con no sentirse
querido o aceptado, y, en última instancia, con la muerte. Para mucha
gente, el
sentimiento de indefensión es algo que se ha de evitar a toda costa. Mucho de
nuestro
sufrimiento proviene de la profunda falta de aceptación de sentimientos de
indefensión,
impotencia, debilidad, inseguridad e incertidumbre ante el momento.
Probablemente todo
nuestro sufrimiento podría reducirse a:
Quiero controlar este momento, ¡pero no puedo!

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