Tal vez este
hombre no buscara la iluminación, ni fama, ni gloria, pero, en el momento, era
un buscador desesperado. Buscaba urgentemente la manera de controlar y rehuir
los sentimientos de debilidad e impotencia frente a la vida. En el momento, se convertía
en un buscador de poder, de control y, en última instancia, de amor. Buscaba un
modo de escapar de lo que sentía, y pegar a sus hijos
le proporcionaba, por un momento, esa vía de escape, la liberación que ansiaba.
Superficialmente,
parecía tan solo un padre incapaz de controlar su ira ante las travesuras de
sus hijos. Pero cuando uno examina lo que sentía en realidad, ve a alguien que
se siente absolutamente frustrado, alguien que se siente un completo imbécil,
un fracasado como padre y como hombre, impotente, indefenso y débil, y que
busca desesperadamente una manera de salir de semejante aprieto. Y ve a alguien
que es incapaz de admitir nada
de esto, ni a sí mismo ni ante sus hijos. Por debajo de nuestra cólera, siempre
encontraremos un dolor o impotencia no aceptados.
Hasta que se dio
cuenta de verdad de la búsqueda que había dentro de aquella experiencia, el
hombre tenía la impresión de que su sufrimiento era algo que simplemente le
ocurría..., de que era una víctima indefensa de la vida, de que quizá estaba genéticamente
programado para enfurecerse o de que la respuesta que daba a sus hijos estaba
cósmicamente predestinada, de algún modo, y no había por tanto esperanza de que
nada cambiara. Sin embargo, al sacar la búsqueda a la luz, como hizo, pudo ver
con claridad exactamente por qué sufría
y cómo se creaba ese sufrimiento.
Sencillamente, no se permitía a sí mismo sentir lo que sentía en el momento. No
se permitía sentirse perdido e indefenso, ni siquiera por un momento. No era
capaz de percibir la profunda aceptación que había en su experiencia presente
de indefensión.
Al ver
finalmente de qué escapaba (de la indefensión), se dio
cuenta automáticamente de que ya no necesitaba escapar
de ella..., de que no sucedía nada por sentirse indefenso, de que el
sentimiento de indefensión, en aquel momento, se podía aceptar totalmente. (Más
adelante hablaré sobre cómo y por qué es posible aceptar incluso los
sentimientos aparentemente más negativos.) El problema era que nunca se había permitido
sentirse verdaderamente indefenso, ni siquiera por un momento (y es seguro que
alguna vez tendremos que afrontar un momento de indefensión); siempre había
dado por hecho que no estaba bien sentirse así. Al comprobar que estaba perfectamente
bien sentirse indefenso, en este momento,
y que había incluso una extraña alegría y paz en medio de la indefensión, dejó
de sentir la necesidad imperiosa de escapar.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Gracias por participar y hacer más grande esta página.