Eres como las páginas
en blanco que hay debajo de estas palabras. Estás detrás de cada palabra,
siempre presente, siempre como telón de fondo; eres esencial para que las
palabras se vean, pero rara vez percibido y menos aún apreciado.
Creo que es a esto
a lo que apuntan en definitiva todas las enseñanzas religiosas y espirituales:
al hecho de que hay algo —llámalo como quieras (pues no siendo una cosa, es en verdad
innombrable)— aquí, justo en las profundidades de la experiencia presente, que no
viene y va, que no puede romperse, pudrirse ni desintegrarse, ni siquiera en
medio de la más extrema tristeza, dolor o miedo. Es un lugar que siempre está profundamente
bien, incluso cuando todo en la superficie parece no estarlo. Y, dado que se
encuentra más allá de los opuestos, más allá del mundo dualista del
pensamiento, está asimismo más allá del ciclo de nacimiento y muerte. Nunca
nació, y no puede morir. Es la completitud que la ola desesperada busca, pero
nunca encontrará. Es el hogar.
Estamos tan
ocupados intentando escapar del malestar y el dolor, y alcanzar la completitud en el
futuro, que acabamos pasando por alto la incompletitud presente.
Estamos tan
ocupados intentando volver a casa que pasamos por alto el hecho ineludible de
que ya estamos en casa. Estamos tan ocupados intentando mantener una imagen de nosotros,
intentando demostrarnos y demostrarle al mundo quiénes somos, que pasamos por
alto que lo que somos es sencillamente el inconmensurable espacio abierto en el
que todas las imágenes vienen y van. Estamos tan
ocupados buscando que acabamos pasando por alto este espacio abierto que lo
contiene todo, un espacio abierto que es en sí mismo
el final de la búsqueda.
Eres
eso que buscas, como los grandes maestros
espirituales nos han dicho
siempre. Y no lo
encontrarás en el futuro. Solo se puede encontrar en el ahora.
Decididos a gestionar las olas.
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