Poco tiempo después de este triste suceso, mientras Balna mecía la cuna de su hijito y sus hermanas trabajaban en las habitaciones inferiores, un hombre santo fue a pedir limosna a las puertas del palacio.
- No puedes entrar -le dijeron los criados.
- Los hijos del Rajá han partido todos y creemos que deben de haber muerto. Por
ello no se puede interrumpir el dolor de las esposas.
El faquir no hizo caso de la
prohibición y replicó:
- Soy un hombre santo y debéis
dejarme el paso libre.
Los estúpidos criados no opusieron ya
la menor resistencia, sin darse cuenta de que, en vez de un santo faquir, era
un brujo llamado Punchkin.
Tras mucho vagar por el palacio,
Punchkin llegó a la habitación donde Balna mecía a su hijito.
La princesa gustó al brujo mucho más
que las otras cosas hermosas que había visto en el palacio, y sin vacilar un momento,
le pidió que accediera a ser su esposa.
Sin embargo, la
princesa movió negativamente la cabeza y replicó:
- Mucho temo que mi marido haya
muerto, pero mi hijo es aún muy pequeño y quiero enseñarle a ser un hombre de
bien. Por ello no deseo casarme otra vez.
El mago, al oír estas palabras se
enfureció mucho, y murmurando unos encantamientos, la convirtió en un perrito
que cogió en brazos diciendo:
- Ya que no quieres venir conmigo de
grado, te llevaré por fuerza.
Y así la pobre princesa fue sacada de
palacio sin siquiera poder enterar a sus hermanas de su triste suerte.
Cuando Punchkin iba a salir, los
guardias le preguntaron:
- ¿De dónde has sacado ese perrillo
tan mono?
- Me lo ha regalado una de las princesas
-contestó el brujo.
Convencidos por estas palabras, los
servidores no opusieron ningún reparo a que saliese.
Al cabo de un rato, las seis
restantes hermanas oyeron el llanto de su sobrinito. Cuando al entrar en su
habitación vieron que estaba solo, quedaron muy sorprendidas. La sorpresa
aumentó al no encontrar a Balna por ninguna de las dependencias de palacio. Por
fin interrogaron a los criados, y al enterarse de la visita del faquir y de su
salida acompañado de un perrillo, sospecharon lo ocurrido. Sin pérdida de
tiempo enviaron
numerosas fuerzas en busca del falso
santón y del perro, más los soldados regresaron sin haber hallado el menor
rastro.
¿Qué podían hacer seis pobres
mujeres? Nada. Comprendiéndolo, las princesas, perdida toda esperanza de volver
a ver a su hermana y esposos, dedicaron sus cuidados a la educación de su
sobrinito.
Cuando éste tuvo catorce años, sus
tías le explicaron la historia de la familia. Apenas la oyó, el muchacho
sintióse poseído de tan gran deseo de partir en busca de sus padres y tíos para
devolverlos a su casa, que, desde aquel momento, no pensó en otra cosa.
Alarmadas por estas intenciones, las princesas trataron de disuadirle diciendo:
- Hemos perdido a nuestros maridos y
a nuestra hermana. Tú eres nuestro único consuelo. ¿Qué será de nosotras sin
ti?
- No os desaniméis -contestó el muchacho.
- Volveré pronto y, si es posible, traeré conmigo a mis padres y tíos.
Al día siguiente partió a caballo y durante varios meses buscó en vano el rastro de sus familiares.
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