viernes, 5 de agosto de 2022

Cuentos de la India - Punchkin (6)

Por fin, un día, después de recorrer un sin fin de leguas, llegó a una extraña selva, llena de grandes piedras y añosos árboles, en el centro de la cual se levantaba un enorme palacio con una torre altísima. No lejos del edificio elevábase la mísera cabaña de un leñador.

Mientras observaba el lugar, el príncipe fue visto por la mujer del leñador, quien, saliendo de la choza, le preguntó:

- ¿Quién eres, hijo mío, y por qué te atreves a venir solo a un lugar tan peligroso como éste?

- Soy el hijo de un Rajá -contestó el muchacho. He venido en busca de mis padres, que perdí hace mucho tiempo.

- Ese palacio y este país pertenecen a un poderoso mago -replicó la buena mujer, - y si alguien le disgusta lo transforma enseguida en piedra o árbol.

Todos los árboles y rocas que aquí ves son hombres y mujeres

encantados. Hace años vino el hijo de un rey y fue transformado en piedra, y lo mismo les ocurrió a sus seis hermanos, que llegaron a los pocos días.

Además, en la torre del palacio vive una hermosa princesa, prisionera del brujo porque no accede a casarse con él.

Al oír esto, el joven se dijo que, sin duda, aquella princesa era su madre.

Entonces explicó su historia a la bondadosa esposa del leñador, pidiéndole permiso para hospedarse en su casa a fin de llevar a cabo las investigaciones necesarias para volver a la vida a sus tíos y rescatar a su madre.

Ella accedió a la petición del príncipe, pero le aconsejó que se disfrazase de

mujer para que el mago no sospechase nada. El príncipe estuvo de

acuerdo y vistió un sari que le prestó su protectora. Después convinieron

que, en adelante, pasaría por su hija.

Un día, el brujo, que paseaba por su jardín, pudo ver a la que él creyó linda joven y le preguntó que quién era. El príncipe contestó con fingida voz que era la hija del leñador.

- Eres muy simpática -dijo el mago. - Alguna vez llevarás un ramo de flores a la hermosa señora que vive en la torre.

El joven sintió una enorme alegría al oír estas palabras, y enseguida, corrió a la cabaña de su protectora a contarle lo ocurrido. La buena mujer le aconsejó que conservase su disfraz y confiara en la suerte que sin duda le prestaría una oportunidad para hablar con su madre.

Al nacer el príncipe, Balna habíale regalado un anillo de oro, y el anillo, agrandado convenientemente por sus hermanas las princesas, seguía adornando el dedo meñique del joven. La mujer del leñador le dijo que si tenía ocasión de quedarse a solas con la cautiva le mostrase la sortija para que ella le reconociera. Esto no dejaba de tener sus dificultades, pues el

mago ejercía sobre la princesa una fuerte vigilancia a fin de que no pudiera comunicarse con el exterior.

Por fin un día se presentó la ansiada oportunidad y el joven entregó a su madre el anillo entre el ramo de flores. Al ver la joya, la princesa tuvo una gran alegría, sobre todo cuando la que ella creía una muchacha se transformó en su hijo, a quien ya no esperaba volver a contemplar. Con voz entrecortada por la emoción, la princesa Balna contó al joven su terrible cautiverio, y la imposibilidad de salir de él.

Pero el príncipe era muy valiente y no se desanimaba por las

contrariedades.

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