Por fin, un día, después de recorrer un sin fin de leguas, llegó a una extraña selva, llena de grandes piedras y añosos árboles, en el centro de la cual se levantaba un enorme palacio con una torre altísima. No lejos del edificio elevábase la mísera cabaña de un leñador.
Mientras observaba el lugar, el
príncipe fue visto por la mujer del leñador, quien, saliendo de la choza, le
preguntó:
- ¿Quién eres, hijo mío, y por qué te
atreves a venir solo a un lugar tan peligroso como éste?
- Soy el hijo de un Rajá -contestó el
muchacho. He venido en busca de mis padres, que perdí hace mucho tiempo.
- Ese palacio y este país pertenecen
a un poderoso mago -replicó la buena mujer, - y si alguien le disgusta lo
transforma enseguida en piedra o árbol.
Todos los árboles y rocas que aquí ves
son hombres y mujeres
encantados. Hace años vino el hijo de
un rey y fue transformado en piedra, y lo mismo les ocurrió a sus seis
hermanos, que llegaron a los pocos días.
Además, en la torre del palacio vive
una hermosa princesa, prisionera del brujo porque no accede a casarse con él.
Al oír esto, el joven se dijo que,
sin duda, aquella princesa era su madre.
Entonces explicó su historia a la
bondadosa esposa del leñador, pidiéndole permiso para hospedarse en su casa a
fin de llevar a cabo las investigaciones necesarias para volver a la vida a sus
tíos y rescatar a su madre.
Ella accedió a la petición del
príncipe, pero le aconsejó que se disfrazase de
mujer para que el mago no sospechase
nada. El príncipe estuvo de
acuerdo y vistió un sari que le
prestó su protectora. Después convinieron
que, en adelante, pasaría por su
hija.
Un día, el brujo, que paseaba por su
jardín, pudo ver a la que él creyó linda joven y le preguntó que quién era. El
príncipe contestó con fingida voz que era la hija del leñador.
- Eres muy simpática -dijo el mago. -
Alguna vez llevarás un ramo de flores a la hermosa señora que vive en la torre.
El joven sintió una enorme alegría al
oír estas palabras, y enseguida, corrió a la cabaña de su protectora a contarle
lo ocurrido. La buena mujer le aconsejó que conservase su disfraz y confiara en
la suerte que sin duda le prestaría una oportunidad para hablar con su madre.
Al nacer el príncipe, Balna habíale
regalado un anillo de oro, y el anillo, agrandado convenientemente por sus
hermanas las princesas, seguía adornando el dedo meñique del joven. La mujer
del leñador le dijo que si tenía ocasión de quedarse a solas con la cautiva le
mostrase la sortija para que ella le reconociera. Esto no dejaba de tener sus
dificultades, pues el
mago ejercía sobre la princesa una
fuerte vigilancia a fin de que no pudiera comunicarse con el exterior.
Por fin un día se presentó la ansiada
oportunidad y el joven entregó a su madre el anillo entre el ramo de flores. Al
ver la joya, la princesa tuvo una gran alegría, sobre todo cuando la que ella
creía una muchacha se transformó en su hijo, a quien ya no esperaba volver a
contemplar. Con voz entrecortada por la emoción, la princesa Balna contó al
joven su terrible cautiverio, y la imposibilidad de salir de él.
Pero el príncipe era muy valiente y
no se desanimaba por las
contrariedades.
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