Balna comunicó a su hijo lo que Punchkin le había dicho, perosuplicándole al mismo tiempo que abandonase toda idea de apoderarse del loro.
- Mamá -replicó el joven. - Es
necesario que me apodere de él, pues de lo contrario tú, mi padre y mis tíos
seguiréis prisioneros. No tengas miedo, pues volveré pronto. Entretanto, ve
aplazando el casamiento con pretextos.
En cuanto se hubo equipado
convenientemente, el príncipe partió hacia la selva virgen. Muchas leguas
recorrieron hasta que, al fin, echóse a dormir bajo un frondoso árbol.
Despertóle un fuerte roce, y al mirar a su alrededor, descubrió una enorme
serpiente que se encaramaba por el tronco hacia un nido de aguiluchos.
Al ver el peligro que corrían los dos
pájaros que, en aquellos momentos ocupaban el nido, el príncipe sacó su espada
y de un tajo mató al reptil.
En el mismo instante oyóse un batir
de alas. Eran los padres de los aguiluchos, que regresaban a su casa. Al ver
muerta a la serpiente y al príncipe con la espada desenvainada, las dos águilas
comprendieron lo que había ocurrido. La madre, dirigiéndose al joven, le dijo:
- Durante muchos años nuestros
pequeños han sido devorados por esa cruel serpiente. Tú la has matado y con
ello salvas a cuantos hijitos podamos tener de ahora en adelante. Si algún día nos
necesitas, no tienes más que llamarnos y acudiremos en tu ayuda. En cuanto a
los aguiluchos, tómalos como servidores.
El príncipe agradeció el regalo. Entretanto, las dos pequeñas aves, abandonaron el nido, y cruzando las alas, formaron un asiento para el príncipe. Este lo ocupó, siendo enseguida transportado por los aires hasta el claro de la selva. Allí pudo ver los seis recipientes de agua. Era mediodía y hacía un calor sofocante. Alrededor del claro veíanse numerosos genios dormitando.
Cruzar a través de ellos hubiera sido
una locura, pero gracias a los aguiluchos, el príncipe pudo descender
silenciosamente. Derribando los recipientes, cogió la jaula del loro. Después,
sentándose en las alas sus amigos, huyó de allí en el momento en que los genios
despertados por el ruido lanzaban lastimeros alaridos.
Los aguiluchos condujeron al príncipe
hasta el árbol donde vivían las dos águilas, a quienes dijo el joven:
- Os devuelvo a vuestros hijos, que
me han sido muy útiles. Si alguna vez os necesito para algo, os llamaré.
- Hazlo así -contestó la hembra. -
Ahora, antes de que te vayas, quiero decirte una cosa: de la vida del loro que
llevas en esa jaula depende la del mago Punchkin, pero si quieres inutilizar su
poder, no tienes más que cortarle las uñas de la pata derecha. De esa forma no
tendrás que temer nada de él y te ahorrarás la necesidad de matarle.
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