Calcula sin cesar cuántos son los médicos que han muerto después de haber fruncido el ceño tantas veces a la cabecera de sus enfermos; cuántos astrólogos que habían predicho con énfasis la muerte de otros individuos; cuantos filósofos que habían pregonado una infinidad de sistemas acerca de la muerte y de la inmortalidad; cuántos guerreros célebres que habían inmolado a millares de enemigos; cuantos tiranos que
habían abusado con terrible ferocidad
del derecho de vida y de muerte sobre sus vasallos, como si ellos mismos
hubiesen sido inmortales; en fin, ciudades enteras, tales como Hélite, Herculano,
Pompeya y otras muchas han muerto, por decirlo así. Echa luego una
mirada sobre todos los que tú mismo has conocido y verás que el uno está ya en
la tumba, el otro ha sido llevado a la hoguera fúnebre por un tercero, este lo
ha sido a
su vez por un tal otro, y todo esto
sucesivamente y en un espacio de tiempo relativamente corto. En una palabra: no
pierdas nunca de vista la fragilidad y la inconsistencia de
las cosas humanas. El hombre era ayer
un simple germen; mañana será una momia, o menos aún, ceniza. Pasemos, pues,
este corto instante de la vida conforme a nuestra naturaleza; sometámonos
voluntariamente a nuestra destrucción como la aceituna madura que, al caer,
parece que bendice la tierra que la ha producido y da gracias al árbol que la
ha llevado.
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