¿Acaso te enfadas con alguien porque despide mal olor? ¿Te disgustas con otro porque exhala un aliento fétido? ¿Quizá puede impedirlo? La boca de uno será siempre lo mismo; el cuerpo de otro no puede cambiar; luego uno y otro no tienen más remedio que oler de ese modo. –Sin embargo –dirán algunos–, el hombre está dotado de razón y puede reconocer fácilmente lo que le hace ser culpable. ¡Muy bien! Por consiguiente, tú también te hallas dotado de razón; sírvete, pues, de ella para excitar la suya; enséñale su deber y adviértele su falta. Si te comprende le curarás, y no te incomodes. No hay que hacer el trágico ni la cortesana.

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