Dos ángeles puros, llamados Harût y Marût, habían
sido condenados a permanecer prisioneros en el fondo de un pozo, en pleno
centro del universo.
Eran conocidos por su ciencia de la magia y esta
reputación atraía a mucha gente. Ellos negaban que quisieran enseñar la magia.
A los que insistían, les decían: "Nosotros sólo enseñamos la magia para
probar a los hombres."
Los deseos son como perros dormidos. El bien o el
mal que reside en ellos permanece oculto. Aunque en apariencia estén tan
inmóviles como troncos de leña, las trompetas del deseo resuenan tan pronto
como se despierta su interés.
Cientos de perros se despiertan así. Resurgen muchos
deseos enterrados. Cada pelo de esos perros se convierte en un diente. Sucede
como la brasa que se frota con leña seca. No siempre se les ve, porque no
tienen piezas que cazar.
El enfermo ha perdido su apetito. Sólo tiene un
deseo: recobrar la salud.
¡Pero si le muestran una rebanada de pan o un fruto
seco, se olvida inmediatamente de que necesita seguir un régimen! Si tiene
paciencia, la vista de este alimento le es útil, pues lo hace fuerte. ¡Pero si
no tiene paciencia, entonces, más vale que no lo vea!

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