"¡Oh, pavo real! ¿Por qué pretendes afearte? Es
una lástima arrancar tan hermosas plumas. ¿Cómo tienes valor para estropear ese
maravilloso atavío? Tus plumas son universalmente apreciadas. Los nobles se
hacen abanicos con ellas.
Los sabios se hacen marcapáginas para el Corán. ¡Qué
ingratitud la tuya! ¿Has pensado alguna vez en El que ha creado esas plumas o
es que lo haces adrede?
Nunca podrás reponerlas en su sitio. No te laceres
el cuerpo por pesar, pues eso no es más que blasfemia."
Al oír estos consejos, el pavo real se puso a llorar
y sus lágrimas emocionaron a toda la concurrencia. El sabio continuó:
"He cometido un error. No he hecho más que
aumentar tu pena."
El pavo real siguió regando el suelo con sus
lágrimas y su llanto era como centenares de respuestas. Dejando al fin de
llorar, dijo al sabio:
"Tú ves los colores y percibes los olores. Por
esta razón es por lo que no comprendes la multitud de tormentos que me cuestan
estas plumas. ¡Oh,
cuántos cazadores han lanzado flechas contra mí para
poder apoderarse de ellas!
Ya no tengo fuerza para resistir esta caza perpetua.
Sólo me queda el recurso de separarme de mis atractivos y refugiarme en el
desierto o en la montaña.
¡Cuando pienso que hubo un tiempo en el que estas
plumas eran mi orgullo!"
Cada instante de orgullo es una maldición para los vanidosos.

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