Un Rajá, que gobernaba una importante provincia de la India, tenía unsolo hijo, a quien le gustaba ir de caza diariamente. En una ocasión la Raní, su madre, le dijo:
- Puedes cazar hacia el Norte, hacia el Este y hacia el Oeste, pero nunca se te ocurra ir hacia el Sur.
Dijo esto porque estaba segura de que, si su hijo iba en aquella dirección, oiría hablar de la hermosísima princesa Labam y entonces despedirse de sus padres para ir en busca de la bella muchacha.
El joven Príncipe obedeció por algún tiempo el consejo materno, pero una vez, después de recorrer el Norte, Este y Oeste sin haber encontrado un solo animal sobre el cual disparar sus flechas, recordó la advertencia de la Raní acerca del Sur, y decidió investigar el motivo de la prohibición. Sin la más pequeña duda, preparó el arco y penetró en el bosque que se extendía hacia el Sur.
De momento sólo vio una selva muy densa, sin encontrar en ella nada anormal, a no ser una cantidad enorme de loros. A falta de mejor caza, el hijo del Rajá disparó varios dardos contra los hermosos pájaros, que enseguida huyeron a esconderse en los árboles más altos.
En realidad, no huyeron todos, pues el viejo Hiraman, que era su rey y a quien los achaques no permitían volar con la misma rapidez de sus súbditos, quedose en la rama que le servía de trono, y con voz cascada gritó a los fugitivos loros:
- ¡No me dejéis solo, para que sirva
de blanco a las flechas del príncipe!
¡Volved enseguida o le contaré a la
princesa Labam lo que habéis hecho!
Al oír estas palabras todos los pájaros regresaron junto a su soberano, balbuciendo humildes excusas. Y dicho esto, el ave voló lejos de la tierra.
Tiempo después, cuando el dios Buda
contaba esta historia a sus discípulos, solía añadir:
- En aquella época el león era Devadata, el traidor, y la blanca cigüeña era yo mismo. El hijo del Rajá quedóse grandemente sorprendido al oír hablar tan bien a unos animalitos tan pequeños.
Decidido a enterarse de quién era la
princesa Labam, que tanta importancia parecía tener entre ellos, preguntó a
Hiraman:
- ¿Quién es la princesa Labam? ¿Dónde
vive?
El rey de los loros no quiso contestar a la pregunta del príncipe, limitándose a decir:
- No te molestes preguntando por la princesa, pues nunca podrás llegar hasta su morada.
El hijo del Rajá trató de obtener más
información, pero fue completamente inútil. Al fin, cansado de preguntar, tiró
el arco y las flechas y regresó a su palacio, donde estuvo cinco o seis días
encerrado sin comer ni beber.
Al fin, comprendiendo que de aquella manera no podía vivir, salió de sus habitaciones y dirigiese a las de sus padres, a quienes anunció que quería ir a conocer a la princesa Labam.
- Tengo que ir -dijo. - Es necesario que la vea. Decidme dónde se encuentra.
- No lo sabemos, hijo -contestaron a
la vez el Rajá y la Raní.
- Entonces iré yo mismo a buscarla,
-dijo el príncipe.
-No, no -protestó el padre. - No
debes dejarnos. Eres nuestro único hijo.
Será mejor para ti que no salgas de
nuestros dominios, pues nunca lograrás encontrar a la princesa Labam.
- Es necesario que lo intente. Tal vez Dios se apiade de mí y acceda a mostrarme el camino. Cuando la encuentre volveré con ella a vosotros; pero si muero no volveré a veros. Adiós, padres queridos.
El Rajá y la Raní, vertieron ardientes lágrimas al despedirse del joven. El padre le dio hermosos vestidos, un magnífico caballo, un arco que lanzaba las flechas más de trescientos metros, y un talego lleno de rupias.
Cuando el príncipe había montado ya a caballo, se acercó la Raní, y después de abrazarle estrechamente, le tendió un pañuelo lleno de golosinas, diciéndole:
- Cuando sientas hambre, hijo mío,
come dulces de estos.
El joven guardó el obsequio de su madre, y conteniendo las lágrimas que pugnaban por brotar de sus ojos, se alejó hacia la ventura.
Al cabo de varias horas de cabalgar a
través de una selva virgen, llegó a un estanque bordeado de frondosos árboles.
Despojándose de sus vestiduras bañándose en él, y cuando hubo terminado, fue a
tenderse a la sombra de uno de los árboles, con la intención de comer alguna de
las golosinas que le diera su madre.
Al desatar el pañuelo y coger el primer dulce, vio que una hormiga había empezado a comérselo. En el segundo encontró otra hormiga. Dejó los dos pasteles en el suelo y cogió otro, y otro y otro. Fue inútil; todos estaban como los anteriores. - No importa -murmuró. - No comeré los dulces. Dejaré que los terminen las hormigas.

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