Al oír esto, la reina de las hormigas abandonó su pastel y dirigiéndose al príncipe, le dijo:
- Has sido bueno con nosotras; si alguna vez te encuentras en peligro, piensa en mí y acudiré en tu ayuda.
El hijo del Rajá le dio amablemente las gracias, y montando a caballo, continuó el viaje.
Al cabo de varias horas, salió de la selva para entrar en otra más espesa, y después de cabalgar largo rato por ella, vio a un tigre que rugía de dolor.
- ¿Por qué ruges de esa manera? -preguntó el joven príncipe.- ¿Qué te pasa?
- Hace doce años que me clavé una espina en esta pata -contestó el animal. - En todo ese tiempo no ha dejado de dolerme, y por ello me quejo desde que nace el sol hasta que muere.
- Yo te quitaré ese estorbo -prometió
el príncipe. - Pero has de prometerme que, cuando te haya curado, no me
devorarás.
- ¡Oh, no! No te devoraré. Te suplico que me libres de este dolor tan terrible.
El hijo del Rajá sacó un afilado puñal, y con un rápido movimiento, arrancó la espina. Esta se hallaba tan hundida en la pata de la fiera que, al salir le hizo lanzar un rugido tan fuerte, que su hembra lo oyó desde donde se encontraba, y temiendo que algo malo le hubiera ocurrido a su pareja corrió a ayudarle.
El tigre la vio venir y ocultó al
príncipe a fin de que ella no le encontrase.
- ¿Quién te ha herido? -preguntó la tigresa.
¿Por qué has lanzado ese rugido tan fuerte?
- No me ha herido nadie -replicó el tigre. - El rugido ha sido de alegría porque el hijo de un Rajá me ha quitado la espina que me clavé hace doce años.
- ¿Dónde está ese príncipe? ¡Quiero
verlo enseguida!
- Si me prometes no matarlo, le
llamaré.
- Te juro que no le haré ningún daño -aseguró la tigresa. - Sólo deseoconocerle.
El tigre llamó entonces al joven y cuando éste salió de su escondite, la pareja de tigres le saludaron con numerosas demostraciones de afecto.
Después le sirvieron una excelente cena. Durante tres días el príncipe permaneció con ellos y cada mañana miraba la herida del tigre. Cuando estuvo completamente cerrada se despidió de sus amigos, quienes le dijeron:
- Si alguna vez te encuentras en peligro, piensa en nosotros y correremos en tu ayuda.
El príncipe prometió hacerlo así y,
montando a caballo, llegó a una tercera selva. En ella encontró a cuatro
faquires cuyo maestro había muerto, dejándoles en herencia cuatro cosas: una
cama que trasladaba de un sitio a otro a quien se sentase en ella; una bolsa
que proporcionaba a su poseedor todo cuanto le pidiera, joyas, comida o ropas;
un vaso de piedra capaz de ofrecer siempre agua a su dueño, por muy lejos que
estuviera de la fuente y un palo y una cuerda a los cuales sólo se tenía que ordenar:
"Palo, golpea a todos los hombres que hay aquí, menos a mí" para que el palo golpease uno tras otro, a todos los enemigos, seguido de la cuerda que los ataba.
Los cuatro faquires se peleaban por
éstas cuatro cosas. Uno decía:
- ¡Yo quiero la cama!
El otro replicaba:
- No puede ser, porque la cama es
para mí.
Y así por el estilo, sin que, ni por un momento lograran ponerse de acuerdo.
- No os peleéis por vuestra herencia
-dijo el príncipe. - Voy a lanzar cuatro flechas. Aquel de vosotros que coja la
primera se quedará con la cama.
Quien consiga la segunda, tendrá la bolsa. El que me traiga la tercera será el dueño de la taza de piedra y al que se apodere de la última se le dará el palo y la cuerda.

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