El hijo del Rajá cogió la bolsa y pidió:
- Quiero un enorme montón de hojas de
betel.
Apenas acababa de formular la petición, la bolsa se fue hinchando. En un momento se formó a los pies de la cama, un montón de las hojas pedidas.
Entonces el joven sentóse de nuevo en su cama y regresó a casa de la anciana.
A la siguiente mañana los servidores
de la princesa encontraron el montón de hojas de betel, y se pusieron a
masticarlas.
- ¿De dónde habéis sacado eso? -les
preguntó la bellísima muchacha.
- Lo hallamos junto a vuestro lecho -contestaron los criados, que ignoraban por completo la visita del hijo del Rajá.
Entretanto, la anciana fue a despertar al hermoso príncipe, y le dijo muy triste:
- Debéis abandonar esta casa, pues si el rey supiese que he faltado a sus órdenes seguramente me haría matar.
- Hoy me siento enfermo, buena señora -contestó el joven. - Os ruego que me permitáis quedarme hasta mañana por la mañana.
- Bien, -replicó la anciana, que
sentía un gran afecto por él.
Aquel día comieron y cenaron de lo que les dio la bolsa encantada. Al llegar la noche la princesa Labam salió al mirador de palacio y el príncipe
permaneció todo el rato con la vista
fija en ella.
A las doce, la princesa se retiró a su dormitorio, y al poco tiempo, el hijo del Rajá sentándose en su lecho y solicitó ser trasladado al cuarto de su adorada. Una vez en él, pidió a la bolsa el más bello chal del mundo, y como de costumbre, la bolsa obedeció.
Apoderóse el príncipe del chal, que estaba hecho de azul de noche y espolvoreado con estrellitas caídas del cielo, y cubrió con él a la hermosa princesa, que pareció más bella que nunca. Enseguida regresó a la casa donde se hospedaba y durmió hasta el día siguiente.
Al despertarse la princesa y ver el chal, que tan bien armonizaba con su traje de rayos de luna, se sintió muy feliz.
- Mira, mamá -dijo a la Raní.- Este chal tan hermoso debe de habérmelo traído Kuda.
- Sí, hijita -replicó la madre, que también se sentía muy feliz. - Sin duda es un regalo de Kuda.
En aquel mismo instante la anciana que hospedaba al hijo del Rajá le indicó:
- Ahora ya podéis marcharos, noble
caballero.
- Por favor -suplicó el príncipe. - Os ruego me dejéis quedar unos días más, pues aún no me encuentro completamente bien. Os prometo no salir para nada de casa, y así nadie me verá.
La anciana,
cautivada por las palabras del joven, cedió una vez más.

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